"Y aquellos que pervirtieron la voluntad del pueblo fueron puestos de rodillas, maniatados y sometidos por la fuerza..."

Codex Supliccium, III-24
 
 

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Domingo Arcomano 


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Año II, Volumen Nro. 11 - Noviembre de 2008  

La baraja de Obama

por Santiago Mallorca

“Él tenía dos formas de pensar: una con la que actuaba como rey,
otra con la que reconocía su verdadera condición,
que era que sólo el azar lo había puesto en el lugar donde estaba.”

PASCAL

Ficciones

La futura asunción del nuevo presidente de Estados Unidos ha puesto de manifiesto un conjunto de fantasías, deseos y aspiraciones, vertidas desde los más diversos ángulos o colores políticos, que tienden a subestimar la verdadera mecánica interna del poder local.

En verdad, hay que reconocer que el panorama actual norteamericano ofrece rasgos novedosos: una crisis económica llevada a escala mundial, el derrumbe de los grandes bancos o entidades financieras capitalistas, el riesgo de quiebra en las principales terminales automotrices nacionales (símbolos industriales), el aumento del desempleo a nivel general, el estancamiento de la maquinaria bélica en los frentes asiáticos, iniciados hace más de una década, y la conclusión de uno de los peores gobiernos de ese país en mucho tiempo.

Ante este escenario, se presenta un joven senador mulato, sin experiencia ejecutiva, con un discurso que se atribuye la voluntad de cambio y de reconstitución de la ética y la épica democrática estadounidense. Este mensaje es el que ha dado lugar a calificar al antes candidato y ahora triunfador Obama como un líder innovador, un protagonista de la transformación, en la más modesta de las opiniones, hasta el extremo de considerarlo un verdadero revolucionario en términos de los llamados derechos civiles.

 

El primer interrogante

Ahora bien, aún cuando el resultado se encuentra a la vista, es imperioso preguntarse que hubiera sucedido si la crisis no se hubiera desatado durante la campaña electoral.

La oferta brindada a los ciudadanos en ese momento, contenía dos prototipos bien definidos: el veterano guerrero, el héroe dispuesto a luchar nuevamente por su país y el joven orador y brillante abogado, ejemplo del sueño americano en clave racial.

No puede dejar de señalarse que ambos traían consigo la lucha personal contra las dificultades propias del sistema noramericano. Obama venía de ganar una dura interna a Hillary Clinton y Mc. Cain debió balancear su fórmula con la incorporación de la conservadora y controvertida gobernadora de Alaska, Sarah Palin.

Pero, más allá de estos detalles domésticos, lo cierto es que durante el primer tramo de la campaña, Mc Cain se encontraba en una muy buena posición respecto de su adversario y el período precrisis lo tenía en carrera con sus aspiraciones intactas.

La respuesta natural a este primer interrogante podría resumirse, entonces, de esta manera: el gobierno de Bush se encontraba en rumbo de colisión y a partir del desastre, Obama recogió naturalmente la adhesión de la población, necesitada de un cambio.

Pero, ¿Ha sido en todos los votantes así? El cambio reclamado… ¿Era un cambio de partido, de filosofía de gestión o de liderazgo?

Las respuestas aquí ya no son tan sencillas porque, en todo caso, sobrevuela cierta ansiedad en conocer cuál será el nivel de apoyo al nuevo gobierno si éste no logra acertar rápidamente con una solución eficaz a la crisis.

Esto nos lleva al punto siguiente, cual es, el pretendido giro transformador que imprimirá a la gestión el nuevo presidente.

 

El segundo interrogante

Es mucho lo que se ha escrito sobre el presunto carácter innovador de Obama. Por supuesto, nadie puede pensar seriamente en el presidente electo como un revolucionario, menos aún en términos latinos. Quienes así lo hacen, parecen obnubilarse con los relatos (como se dice ahora) de tipo colectivo-épico, confundiendo Sierra Maestra con el gimnasio donde nuestro hombre despunta el desafío de la cinta y la gimnasia aeróbica.

Salvado este error, parece legítimo que se considere algún tipo de reformismo político, aún para los estándares norteamericanos.

Sin embargo, la designación de sus futuros colaboradores no disipa cierta desconfianza al respecto.

Es que el “viejo Bill” ha metido mano en el gabinete del muchacho, hasta el extremo de impulsar a su esposa a la Secretaría de Estado, sin olvidar otros aspectos como la dirección de la economía, con el amigo Summers a la cabeza. Así, el clintonismo, derrotado en las urnas, vuelve triunfador a manejar los resortes de Washington, quedándose con las poleas de la burocracia nacional.

¿Por qué Obama acepta esto? ¿Por inexperiencia? ¿Por necesidad? ¿Por astucia? El tiempo lo dirá, pero es evidente que el inicio de su gobierno no tendrá la impronta de cambio que muchos esperaban. O será un cambio al estilo de la maquinaria demócrata, con poco aire de renovación.

 

Tercer interrogante

Hay otra cuestión que ronda esta última etapa de la historia del último imperio global y es la aceptación, dentro de ciertas normas republicanas, de una suerte de “democracia familiar”, muy similar a la de otras partes del mundo.

En este contexto, desde el ciclo iniciado por George Bush padre, seguido por William Clinton, continuado por George Bush hijo y sucedido por Barack Obama, bajo la atenta mirada de Bill, podría darse un ciclo de gestión del poder de alta concentración en determinadas familias, con una cierta aristocracia permanente en los cargos públicos.

¿Cómo escapa Obama a este destino? habrá de verse. Mucho trabajo tendrá en su intento de superar el declive de su país, atenazado por dificultades propias de una república sudamericana.

Sin duda, su figura novedosa y su carisma le jugarán a favor los primeros meses de gobierno, cuando ejerza de “rey” civil, en esa adaptación de la continuación monárquica que encarna el presidencialismo.

La pregunta es si eso le alcanzará para manejar la realidad del poder o si, además, deberá tolerar como otros/as se prueban esa corona para lograr obtenerla, por derecho, dentro de cuatro años, recordándole a cada instante su nominación formal por azar, por la gracia del sistema.

Al mejor estilo de una república sudamericana.


En este número:

Portada del Nro. 11
por  El Escarmiento
El pálido final
por Domingo Arcomano
Pegándole una Pigna a la historia (2da. parte)
por Alfredo Mason
La baraja de Obama
por Santiago Mallorca
Diez tesis de interpretación de la realidad argentina
por Domingo Arcomano
De la tragedia alemana a Darío Vittori
por Catalina Corripi
La letra con sangre entra
por Antonio F. Moragil
Alfred Dornheim, un "gringo" nacional
por  El Escarmiento
La literatura gauchesca argentina
por  El Escarmiento
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