"Y aquellos que pervirtieron la voluntad del pueblo fueron puestos de rodillas, maniatados y sometidos por la fuerza..."

Codex Supliccium, III-24
 
 

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Domingo Arcomano 


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Año II, Volumen Nro. 11 - Noviembre de 2008  

POETICAS DEL ROCK, VOLUMEN 1, compilador Oscar Conde, Marcelo Héctor Oliveri Editor, 2007

La letra con sangre entra

por Antonio F. Moragil

 

Recibimos el libro-compilación de Oscar Conde, “Poéticas del Rock” Volumen 1. En él, según manifiesta su autor-compilador, se intenta analizar desde el punto de vista de su interés poético, la letrística de variadas figuras del llamado “rock nacional”. Y lo hace convocando a un conjunto de noveles, y no tanto, profesores de literatura, en un vano, prepotente y vociferado intento de contraofensiva popular contra el orden académico del mundo de las letras y el arte. A estos les encomienda la sacrosanta misión de demostrar la valía poética de las letras de Litto Nebbia, Moris, Manal, Tanguito, Arco Iris, Luis A. Spinetta, León Greco y Charly García. Aunque si bien no resulta explícito, el tufillo de la instrucción autoritaria ronda permanentemente la obra.

Así, desde el preámbulo, nos atiende con los tapones de punta a todos aquellos que, sin siquiera tener la pretensión de negarlo, dudamos de la seriedad de la poética del rock en general y del rock nacional en particular, acusándonos de “dinosaurios”. Porque, vale que aclaremos, está bien que el autor-compilador tome partido en el debate que él mismo se propone. Lo que no tiene pies ni cabeza es parcializar de tal manera la cuestión, porque mina profundamente el rigor científico del análisis, cuestionando implícitamente la validez de la obra y en definitiva derrumba la construcción que se pretende. Peor aún, lo que no atina a siquiera sospechar el autor-compilador es que el método elegido, que por testarudo y excluyente bordea el sectarismo, termina viniéndosele encima… se les ve la hilacha, tejida entre el fanatismo y la oportunidad comercial aprovechada.

Signo de nuestro tiempo, el compilador, a través de su selección -que dicho sea de paso, se parece mucho al refrito de obras monográficas obligatorias para la aprobación de cursos de grado terciario, con las adecuaciones y salvedades del caso- pretende compulsivamente hacer justicia popular en el terreno de la reparación histórica de cantautores populares de música en castellano cuyo ritmo puede, o no, acercarse al rock and roll de otras latitudes. “¿Hay que esperar el juicio de la historia?” se pregunta al borde del paroxismo el autor-compilador, casi desmayando frente a tan injusto, lento y falible proceso. Y la respuesta, que para él es negativa, urgente y obligatoria, a nosotros se nos presenta tan inútil e innecesaria como la pregunta. Las sentencias que no dicta el tiempo son nada más que vocinglería (laudatoria o denostativa, dependiendo del gusto del plumífero o de las órdenes que reciba), arrebatos sin mérito, pretensiones estériles que abonarán oportunamente nuevas discusiones ad eternum.

Compenetrado como está con la trascendencia de su destino poético (permítanos el lector la broma fácil), el compilador se convierte en futurólogo y augura para el 2035 la incorporación del estudio de las letras de los autores de rock nacional como objeto de la academia, aunque no arriesga a decir en qué rama o categoría del conocimiento. ¡Justo él, que un rato antes disparó a mansalva contra la academia!

Y aquí empezamos a sufrir... nos planteamos si la elección de los autores, cuyas letras decide el compilador que deben incluirse como objeto de estudio, es libre o responde a algún mandato. Porque convengamos que, si bien parecen ser representativos de la primer etapa del denominado rock nacional, no son los elegidos los únicos, y en algún caso tampoco los mejores letristas. A la memoria vienen otros, que con igual o mayor justicia, merecían haber sido incluidos. Y aquellos elegidos no comparten, al menos no desde la óptica de quien esto escribe, identidad o coincidencia alguna en rasgos temáticos, compositivos o estilísticos, tal como pretende el compilador.

El otro problema que presenta la obra es la calidad variopinta de los trabajos monográficos incluidos. Si bien en general están ampliamente documentados, no siempre el análisis está bien resuelto.

A veces por celo excesivo en la necesidad planteada ab initio por el compilador, de no sólo no esperar el juicio de la historia, sino del tongo que representa haber ordenado dictar una sentencia favorable prejuiciosa. Y esto se hace especialmente evidente en el caso del capítulo dedicado a Spinetta, redactado por Belén Ianuzzi. Producto del entusiasmo propio de su juventud, la urgente necesidad de aprobación (de materias), seguramente sumado al impulso creador vital, la escriba excede los límites de la poética y se transforma en la más entusiasta panegirista del Flaco, poniéndole al capítulo el subtítulo “Música de las esferas”, o amalgamando devotamente “Me gusta ese tajo” con Jung, Van Gogh, Artaud, Castaneda y el simbolísmo francés (¿…?). De tantas mieles derramadas, y tanto discurso sicoanalítico pretensioso abarrotando las páginas, la lectura se torna casi imposible.

A veces por la errónea dirección del análisis que, abandonando las restricciones aparentemente impuestas por el compilador, pierde norte. O la forzada interpretación de los textos originales, que culminan casi siempre en conclusiones desatinadas. O la innecesaria comparación con cualquier otro elemento, en el intento fútil de, ósmosis intelectual mediante, transmitir prestigio y legitimar la obra (de los rockeros nacionales y la presente bajo análisis). O…

Esto, sumado a la evidente ausencia de principios rectores y de un acuerdo previo en la metodología del análisis, determinan fatalmente la falta de unicidad de la obra. Y aquí es dónde debe recaer responsabilidad al compilador, porque de la manera en que nos presenta la obra, suelta la mano de sus autores-colaboradores, dejándolos precipitarse en el vacío que representa la ausencia de guía.

Una verdadera lástima, porque la intención no es mala y en algunos casos la ejecución es buena. El capítulo dedicado a Gieco merece ser leído con detenimiento, por calidad y contenido. Igualmente el capítulo que se reserva el compilador para sí mismo, sobre Charly García. En ambos casos la oferta de información y análisis está bien balanceada, haciendo hincapié en los determinantes condicionales de la obra, y por sobre todo, (aplausos) carece de los frecuentes excesos e inmerecidas alabanzas presentes en otros capítulos. Otro de los aciertos es la profusa información que nos aporta el volumen sobre las condiciones en las que la obra de los distintos autores se fue desarrollando y las circunstancias que rodearon al hecho creador. Aunque no hacía falta una poética para contarnos los entretelones del rock vernáculo… ¿o sí?

La obra propuesta quedará concluida con el segundo volumen (de reciente aparición y cuya crítica esperamos traerles prontamente) en la calle y sin embargo el juicio de la historia todavía no comenzó.

P.D.: la incomprensible metáfora citada en reiteradas oportunidades "...de cordero y azul...", ¿no se referirá a la tela con que se fabricaban los pantalones en la década del '60? Digo... corderoy azul... bah.

 

En este número:

Portada del Nro. 11
por  El Escarmiento
El pálido final
por Domingo Arcomano
Pegándole una Pigna a la historia (2da. parte)
por Alfredo Mason
La baraja de Obama
por Santiago Mallorca
Diez tesis de interpretación de la realidad argentina
por Domingo Arcomano
De la tragedia alemana a Darío Vittori
por Catalina Corripi
La letra con sangre entra
por Antonio F. Moragil
Alfred Dornheim, un "gringo" nacional
por  El Escarmiento
La literatura gauchesca argentina
por  El Escarmiento
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