"Y aquellos que pervirtieron la voluntad del pueblo fueron puestos de rodillas, maniatados y sometidos por la fuerza..."

Codex Supliccium, III-24
 
 

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Domingo Arcomano 


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Año II, Volumen Especial Nro. 10 - Septiembre/Octubre de 2008  

LIBROS: "Operación Traviata" de Ceferino Reato (Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 2008, 314 págs.)

La Historia a los tumbos

por Domingo Arcomano

 

El fracaso del programa gorila-progresista en la Argentina sucede al período de calma que hizo pensar a los promotores de ese programa que había llegado su momento: pero no fue otra cosa que la aparente mejoría antes de la extinción. En ese marco de acabamiento comienzan a aparecer obras de distinto calibre que no solo cuestionan en sus manifestaciones la tergiversación de la discapacidad progre, sino que apuntan a sus causas, muchas desconocidas por los propios discapacitados.

La Revista “Lucha Armada” o la polémica reunida en el libro “La Responsabilidad” son una buena muestra, por “izquierda”, de la inconsistencia criminal —para quien sepa leer- de los sectores de la pequeña burguesía que pretendieron quedarse — literalmente- con el país en la década de los 70.

Las publicaciones “del otro lado” incurren en la misma lógica para terminar todos entrampados en el engendro Sabatiano de los dos demonios, en un eterno homenaje a la distorsión histórica común en nuestra pampa.

En otra clave, periodística, pretendidamente neutra pero subsidiaria de una rama de la historiografía mitrista (el “felixlunismo” o mitrismo vergonzante), se inscribe el libro de Ceferino Reato “Operación Traviata- ¿Quién mató a Rucci? La verdadera historia”. Aunque el título no haga honor al contenido (ya que la historia tiene pretensiones de completud, no se omiten nombres de protagonistas —porque estén vivos o para no herir la sensibilidad de los parientes- y los vacíos suelen confesarse como tales o bien llenarse con hipótesis que, aún cuando frágiles, se asientan siempre en la prueba documental a mano).

Sin embargo el libro destaca por la calidad literaria y la investigación periodística (sin dar aquí por el pito más de lo que el pito vale) aunque las citas sin notas, sin paginación, y la falta de comillas de apertura y cierre oscurezcan algunos pasajes. No obstante supera en aquel plano a muchos libros de “historia”, sobre todo la producción de los epígonos del “tulio-romerismo”. La “Introducción” de Reato es el muestrario de algunas de las falencias arriba apuntadas, a las que habría que agregar el intento de establecer una metodología sólida invocando al Kuhn de las “revoluciones científicas”, hermanas de leche de de los “paradigmas” de Foucault; lo que le da a este segmento un tiente rancio y desactualizado, sobre todo a la luz de los críticos de los dos “paradigmáticos”.

A su vez, no queda claro si la elevación de Verbitsky a la altura de intelectual orgánico de un grupo no identificado es una humorada de Reato. En particular, si tenemos en cuenta que la influencia de aquel no excede veinte cuadras a la redonda de la Casa de Gobierno (inquilinos incluidos) y de un pequeño y ambivalente sector del taradismo universitario. Los vínculos de Verbitsky con la Fundación Ford (1) y con quienes antes de ella contaban con sus servicios (tarea que Reato no emprende, a la luz de su relación con el asesinato de Rucci) forman parte del saldo deudor de la obra. Justo es decir que el progresismo reaccionario que apela como fuente a Horacio Verbitsky (y que seguramente provoca las carcajadas de éste) no se diferencia de más de un dirigente sindical trucho que habla de recuperar “las utopías”.

La perspectiva de Reato lo lleva a “inflacionar” el rol de la Juventud Peronista en relación a las acciones que posibilitaron el retorno de Perón, las que con ser de una importancia fundamental van a la zaga de las llevadas a cabo por el sector gremial, sin distinción de ideologías, pero con la innegable preeminencia de los sectores ortodoxos del peronismo.

Puntos oscuros sin explicitar abundan en el libro, como el ambiguo rol de Lorenzo Miguel (la realidad o no del “consentimiento tácito” o guiño del “Loro” para el asesinato de Rucci; el rol de Rodolfo Walsh –a quien no se nombra, por “falta de pruebas”- en el diseño del plan del homicidio). No es menor la vaga referencia a “Paco” Urondo, otro militante del aparato de inteligencia de Montoneros. Aquí percibimos el peso de la defensa corporativa de los periodistas y su negativa (cosa que no hicieron Walsh ni Urondo) a “ir contra la corriente” de lo aceptado por los empleadores de los medios de comunicación. Basta recordar – en el “rol de acatamiento”- la hipocresía del “horror ético” desplegado tras el asesinato de José Luis Cabezas, prontamente olvidado y el escaso o nulo “horror ético” por la desaparición de Julio López, desaparecido político de la democracia (2).

Hubiera sido importante ahondar los vínculos nada sutiles del “peronismo sin Perón” comunes al vandorismo y a Montoneros (en ambos sectores militaron Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde, entre los más conocidos). Parte de ese vandorismo y montonerismo reciclados hoy dragonean como empleados del Gobierno de los Kirchner.

Ambos, herederos de los 70, se quedaron circunstancialmente con algunos de los “aparatos” del Estado -reducido a una pluralidad de “cajas” administradas “políticamente” en la mejor tradición conservadora y radical- y con el sello partidario: lograron después de 30 años lo que ya no sirve para nada.

El pragmatismo berreta del 2000 sustituyó al idealismo berreta de los 70: la máquina de contar pesos se tragó a la “conciencia revolucionaria” que, diseccionada, muestra la acumulación de retazos de teorías deshilachadas, ninguna de factura nacional, en cerebros flacos (no por casualidad Perón reaccionaba ante éstas y otras pretensiones aludiendo a la necesidad de los “anticuerpos”). Sirvieron objetivamente al imperialismo norteamericano que decían combatir y que se iba cobrando las piezas en el continente (Velazco Alvarado, Allende): la “juventud maravillosa” devino en “idiotas útiles” y no se quedaron cortos.

De la lectura del libro se desprende un dato conocido pero no por ello menor y digno siempre de actualizar: los distintos grupos que confluyeron en el armado final de Montoneros creyeron seriamente que podían conducir el Movimiento peronista, a los trabajadores y a su Líder basándose en la soberbia presunción ilustrada de la vanguardia revolucionaria (una adaptación local de tipo “Manual Lerú” de la teoría leninista del partido político, confluyendo con su negación teórica y práctica: la guerra de guerrillas). (3)

La derrota de los movimientos armados significó el vaciamiento de todos sus referentes ideológicos en el área (Recuerdo una charla personal con Envar El Kadre, vuelto al país desde el exilio, transformado en un demócrata liberal a la europea). Hoy la chatarra marxista al igual que la teología de la liberación no tiene mercado, salvo donde son más inicuas, en los lugares que se le roba el dinero al pueblo: las universidades. Ese conjunto vacío fue llenado por el cartonerismo de la historia (Pigna, Galasso-intelectuales orgánicos del kirchnerismo) y por la ralea colonial que en las escuelas y en aquellas universidades le sirven de polea de transmisión.

Último pero no lo peor: Reato cree que la “barbarie del Terrorismo de Estado no puede ser equiparado con nada”; aunque no dice por qué. Su fundamento último es “moral” y del mismo nivel que la teoría de los “dos demonios”, que por otro lado dice no compartir (pág. 288), olvidando consignar que una parte de la población, en apoyo informal a alguna de las bandas en lucha, practicaba la tolerancia represiva. La pregunta es: por qué es más inmoral asesinar desde los aparatos del Estado que asesinar desde los aparatos de un grupo armado que trata de crear un “doble poder” y disputar la hegemonía a ese Estado, fundándolo en nombre de una sociedad nueva y una moral superior. La guerra (“el hecho social por excelencia”) implica muertos y mutilados y nadie puede calificar de “más inmoral” las acciones de uno u otro bando cuando de muertos y mutilados se trata, simplemente porque de los hombres del Estado se espera una determinada conducta, mientras que de la insurrección, subversión o putsch “no se espera nada”. Los muertos no distinguen si se los mata en nombre del Jesús de los Evangelios o del Hombre Nuevo. El problema no es el del formalismo legal o el del “mundo ético” que pretenda adosársele, sino si los muertos, sin distinción, “tenían” que morir,.

Curiosamente, el libro de Reato ha contribuido a ensanchar la luz de la puerta por la que deberán transitar los futuros procesados por genocidio y que hoy gozan del favor oficial (¿a éstos se los procesará por encubridores?).

Finalmente, la bibliografía es -positiva y negativamente- ilustrativa de los más y los menos del texto aunque se inscriba en ella un inexistente “Manual de Conducción Política” atribuido a Perón.

 

Notas:

(1) Que, entre otros intelectuales progresistas financiara -tal como lo hace con Verbitsky- a Jose Nun, Miguel Murmis y Juan Carlos Marín especialistas en “marginalidad” y, el primero, figurita decorativa en la Secretaría de Cultura de la Nación.
(2) Que debiera haber provocado la renuncia y sometimiento a Juicio del Ministro del Interior. No solo no sucedió, sino que fue premiado con un nuevo Ministerio: el de Justicia (¡!)
(3) Si la teoría principal la proveyó Guevara (vía sus glosas de Mao Tse Tung y la experiencia cubana) no es menos cierto que el “Che” era significativamente… antileninista.

En este número:

Portada del Nro. 10
por  El Escarmiento
...Y estos no convencen a nadie
por Domingo Arcomano
El tema del indio en Argentina
por  El Escarmiento
Sin tablero de control
por Santiago Mallorca
Pegándole una Pigna a la historia
por Alfredo Mason
De errores y horrores: Rodó y Rubén Darío
por Diego N. González Gadea
El peso del pasado es el peso de los muertos
por Domingo Arcomano
Cine argentino: el monólogo de un idiota
por Abel Posadas
"Operación Traviata" de Ceferino Reato
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La protección del aborigen en el 2° Plan Quinquenal
por Carlos Ernesto Abregú Virreira
Contratapa
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