"Y aquellos que pervirtieron la voluntad del pueblo fueron puestos de rodillas, maniatados y sometidos por la fuerza..."

Codex Supliccium, III-24
 
 

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Domingo Arcomano 


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Año II, Volumen Especial Nro. 10 - Septiembre/Octubre de 2008  

El peso del pasado es el peso de los muertos

por Domingo Arcomano

 

El peso del pasado es el peso de los muertos. El vínculo que tejemos con él es el que nos llevamos a la tumba y llamamos normalmente nuestra vida, nuestro eterno presente. La falta de trato con ese peso nos arranca con más o menos violencia de la comprensión del camino y nos arroja a las distintas formas de la excentricidad, marginal o colonizada.

El más limitado de los principios de la lógica (igualdad) y su primer derivado (no contradicción) han campeado en nuestra cultura instalando contradicciones insolubles y soluciones inviables; o soluciones de compromiso en el limbo de la teoría, que no alcanzan hoy, siquiera, el rango estético de las que fracasaron en el pasado.

En el trato con su genealogía el pensamiento colonial, que tiene una enorme capacidad para fagocitar su producción (desarrollando el innato placer de “oler mal” y comer peor) aborda su ascendencia con desgano, prefiriendo la “actualidad” de lo que siendo distante garantiza el alimento del “alma bella”. De ahí que el tráfico con Foucault, Derrida, Adorno los neo-italianos (Agamben, Cacciari), algún anglosajón de último momento y hasta algún español tributario, sirve de coartada que, no por vieja, sigue resultando efectiva para el extrañamiento y la irresponsabilidad. La intelligentzia criolla continúa facturando el elitismo “democrático”, desinteresada y negando su pasado o confinándolo en el mejor de los casos al comentario de cátedra, inconsistente e intrascendente.

La recuperación de ese pasado constituye un aspecto del “verum ipsum factum”, del reconocimiento de la identidad del ser y del hacer, de la verdad que no por cambiante e histórica deviene inasible. Y el vínculo, la atadura, resulta primero de la búsqueda y del acto de traerlo a la vida cotidiana. De eso se trata la cultura, que es -siempre- tradición viviente, no peso muerto ni barbarie de literatos.

En nuestro País la vetusta “historia de las ideas” –una especie de rama ampliada de la historia de la filosofia- constituye la última balsa en la que naufragan los viejos setentistas como Arturo Andrés Roig, los recientemente fallecidos Oscar Terán y Nicolás Casullo, el galimático Horacio González o Hugo Biaggini autocandidato a “maestro de la juventud”, guevarista de salón y “patriagrandista”. Los muertos le escapan a los muertos.

Recuperar el pensamiento marginado (no el marginal por vocación) es nuestra tarea porque, como la materia de Aristóteles, nuestro presente no admite vacíos. Y menos, su saturación por globos “académicos” que consumen el dinero del pueblo con la complicidad de la politiquería progresista. Como dijimos en el número anterior, representan el “pensamiento Petete” en acción.

Es en esta línea crítica que presentamos en este número especial de EL ESCARMIENTO el artículo del uruguayo Diego González Gadea, que se le atreve a unas de las glorias de la Banda Oriental: Don José Enrique Rodó. Los méritos del “maestro de la juventud” -a los que se hace justicia- no empañan sus limitaciones, que no son pocas y aparecen como un resumen anticipado de nuestros “profetas de cátedra”; pero que en su época lo fue también de una tardía actualización de los aspectos más reaccionarios del pasado colonial e independentista: el rechazo del pueblo real y la apología de la cultura de “elite”. Su “Ariel” (1900), es el emblema y “La Tempestad” de Shakespeare su fuente.

La “evasión en aristocratismo” de Rodó, su apelación a la “alta cultura” ante la irrupción de los más “incultos” era un tema de ambiente (que luego intentarían sistematizar de distintas maneras Le Bon, Ortega, Broch o Canetti) pero Rodó fue precursor. Su colapso –el del uruguayo- llegó cuando las masas invadieron no solamente el transporte sino el espacio político. Batlle le enfermó los nervios del mismo modo que Perón a Martínez Estrada: el encuentro con las “causas”, con el país real terminó en ruptura.

Rodó es inescindible del Modernismo hispanoamericano –corriente de pensamiento y literaria a la que le debe más de lo que sus primeros biógrafos estaban dispuestos a conceder- y de la cual Rubén Darío fue su máximo exponente poético. Rodó, como muchos de sus pares, padecía un espiritualismo utópico y, como tal, reaccionario, al clausurar las posibilidades de su realización, enclaustrado en un mundo de ideales sin traducción en la práctica política.

Es precisamente este talante espitualista-progresista el que todavía lo hace digerible a la izquierda reciclada, la que debe pasmarse ante la apelación de Rodó a la Grecia clásica y al cristianismo primitivo para forjar su ideal. Rodó aparece como el padre indiscutido de ese espiritualismo evanescente que se conoció como “arielismo” y de su cuarto de hora en las dos primeras décadas del siglo pasado, poderoso en su transmisión e inane desde el punto de vista político aunque marcadamente hormonal (“la adolescencia es una enfermedad que se cura con los años” decía Oscar Wilde).

Si bien Rodó encarnó un aspecto de la reacción anti-positivista de principios del s. XX resultó, en el marco de la época, también tributario de ese positivismo, de sus mezclas, y de la secreción krausista (la mala copia de la mala copia de la ideas del alemán Krause hecha por el español Sanz del Río que por esa vía, y la de Ahrens y Thiberghien, ingresó a América). En este marco también se inscribe su apelación a la “latinidad” y a “la raza latina”, conceptualización de factura francesa que comparte con el colombiano Torres-Caicedo, pero cuyo rasgo positivo estribó en ser una de las primeras formulaciones contra el imperialismo anglo-sajón.

La “evasión en cultura” de Rodó, su intento de armonizar la ética y la estética en el marco del decadentismo finisecular y el avance de un capitalismo sin contemplaciones, resulta a la distancia un lejano eco del intento de armonización del conflicto político y social que planteara el peruano José María Arguedas, con su apelación al mestizaje cultural. El fracaso de ambos los arrojó a un naufragio de consecuencias trágicas: la amargura (y el resentimiento en Rodó) que culminó, en Arguedas, con el suicidio.

Los malentendidos, tergiversaciones, inversiones (los calibanes) y críticas a que dio lugar el “arielismo” parten de un principio común que los convoca a todos (Rodó incluído): la utilización literaria de un mito/símbolo sin arraigo, cuya contrapartida, el mito indígena “antiarielista” (como el Sariri y el Thunupa del boliviano Diez de Medina) deviene una formulación simplemente estéril.

En las páginas que siguen asistiremos al contrapunto entre Rodó y Darío. No es un dato menor la precedencia de éste último -en 1893, 1894, 1896 y 1898 (que comparte con Groussac, en 1897 y 1898) sobre Rodó en la apelación a “Ariel” y “Caliban”.

 

En este número:

Portada del Nro. 10
por  El Escarmiento
...Y estos no convencen a nadie
por Domingo Arcomano
El tema del indio en Argentina
por  El Escarmiento
Sin tablero de control
por Santiago Mallorca
Pegándole una Pigna a la historia
por Alfredo Mason
De errores y horrores: Rodó y Rubén Darío
por Diego N. González Gadea
El peso del pasado es el peso de los muertos
por Domingo Arcomano
Cine argentino: el monólogo de un idiota
por Abel Posadas
"Operación Traviata" de Ceferino Reato
por Domingo Arcomano
La protección del aborigen en el 2° Plan Quinquenal
por Carlos Ernesto Abregú Virreira
Contratapa
por  El Escarmiento
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