"Y aquellos que pervirtieron la voluntad del pueblo fueron puestos de rodillas, maniatados y sometidos por la fuerza..."

Codex Supliccium, III-24
 
 

Editor:
Domingo Arcomano 


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Año II, Volumen 9 - Agosto de 2008  

Como consecuencia de los acontecimientos, el escritor Ernesto Sábato resolvió publicar una Carta Abierta al Presidente de la República. Enviada a todos los diarios importantes, sólo fue publicada por DEMOCRACIA.

 


DOCUMENTO Nº 8

CARTA ABIERTA A SU EXCELENCIA EL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA, GENERAL PEDRO EUGENIO ARAMBURU

"Señor:
Acontecimientos que son del dominio público, y en los que me he visto implicado por defender el principio de la libertad de prensa, me inducen a dirigirme públicamente a usted para expresarle ideas y sentimientos que están en el ámbito de muchos millones de argentinos y que quizá usted no conozca como es debido. Una de las graves consecuencias de una prensa uniformada y temerosa es, precisamente, que los gobernantes llegan a perder el contacto con la opinión pública real, con las esperanzas y angustias de los ciudadanos. Me temo que estemos llegando a ese punto, fatal par alas repúblicas, en que los mandatarios, aislados por un estrecho círculo de parciales, terminan por identificar las opiniones y cortesanías de esos consejeros áulicos con las opiniones de la nación entera. No de otra manera se pueden explicar flagrantes contradicciones entre las excelentes ideas que usted enuncia en sus discursos y las realizaciones de los encargados de llevarlas a la práctica. Así, mientras usted pronuncia en San Luis admirables palabras sobre los incondicionales, esos incondicionales que preparan y en el fondo anhelan todo despotismo, las personas que candorosamente intentan llevarlas a la práctica son silenciadas de inmediato. Y como no nos es posible dudar de la buena fe de usted, forzoso nos es concluir que vive engañado sobre hechos que tan manifiestamente violan sus propios conceptos. De otro modo habría que llegar a la tremenda conclusión que una vez más las palabras se han desvalorizado, vaciado de su auténtico contenido, para convertirse en símbolos equívocos propicios a todas las tergiversaciones. La crisis que nuestro país viene atravesando durante este cuarto de siglo se ha revelado en una tergiversación de las palabras, ya que al fin de cuentas éstas representan y simbolizan hechos, y la crisis de hechos tiene que traducirse fatalmente en una crisis semántica. Razón por la cual sería conveniente redefinir ahora y con toda valentía palabras como democracia, izquierda, derecha, nacionalismo, libertad y justicia. Esta nefasta transmutación empezó hace mucho tiempo en el país, ya en la época en que en nombre de la democracia se impedía votar al pueblo, en nombre de la libertad se favorecía a los frigoríficos y se encarcelaba y torturaba a los obreros que luchaban por su pan, y en nombre de la justicia nuestros abogados defendían a los poderosos consorcios de extranjeros que, como la CADE, corrompían y envilecían nuestra cosa pública. Muchos de esos males fueron anteriores a Perón, y aunque con su régimen la corrupción llegó a extremos incalificables, también debemos admitir que estaban latentes en nuestra realidad las fallas que hicieron posible semejante degradación. Como debemos valientemente reconocer que no todo lo que sucedió durante esa década fue negativo y destructor, ya que las grandes multitudes trabajadoras advinieron a la vida política de la nación, y un fuerte e irresistible sentimiento de justicia social se elevó como un clamor que ya nadie puede desoir. La Revolución de septiembre no se hizo como muchos espíritus mezquinos o ciegos imaginan, pies, para retroceder la Nación al estado que tenía en 1945: se hizo por motivos eminentemente éticos, y en primerísimo lugar para terminar con la corrupción, la prepotencia, el servilismo y la violación de los fueros humanos. De modo que si esas reivindicaciones éticas son olvidadas todo se habrá perdido y para nada habrá servido el sacrificio de tantas vidas, de tantos seres que sufrieron en las cárceles y murieron en nuestras calles. Millones de ciudadanos, señor Presidente, comienzan ahora a sentir nuevamente una oscura angustia, que usted podría advertir si tuviésemos prensa libre o si, a semejanza de los príncipes y reyes de tiempos pasados, saliese anónimamente por los caminos y pueblo para escuchar a las gentes humildes de nuestra patria. Y esa angustia se debe en primer término al temor de que estamos ya sobre la pendiente de un nuevo y terrible desengaño, y de que aquellos valores éticos que justificaron la cruenta revolución estén a punto de malograrse o de ser arrojados por la borda como un inútil lastre en una nueva carrera hacia el despotismo, alentada por los serviles, por los que pretenden restaurar los grandes privilegios económicos, por los que ya sueñan con los nuevos negociados y, en fin, por los políticos que, desprovistos de respaldo popular, ansían la prolongación del gobierno revolucionario. La angustia proviene además, de que muchos, tal vez millones de compatriotas, comienzan a pensar ya que esos males son tan profundos que parecen ser consubstanciales con nuestra realidad nacional; que de verdad el pueblo argentino es incapaz de vivir sin servilismo, sin negociados, sin prensa amordazada, sin radiotelefonía corrompida, sin funcionarios venales, sin universidad apócrifa y sin intelectuales colocados de espaldas a la realidad de la nación. Hay grandes reservas morales en nuestra patria, pero es preciso dar un grito de alarma sobre esta creciente decepción y esta amenazante desesperanza que cunde en los espíritus argentinos, ya que de otro modo prepararemos el camino a los aventureros, los demagogos y los tiranos. Todavía hay fe en usted y en algunos de los hombres que se jugaron la vida en la revolución, pero es menester que pronto, urgentemente, valoresomente, esos pocos hombres que aún tienen crédito moral den al pueblo de la república una muestra inequívoca de comprensión de la gravísima crisis, abatiendo todos los obstáculos que interesadamente se han ido levantando a su alrededor, obstáculos que les están impidiendo ver lo que realmente pasa en nuestro país, lo que de verdad sienten, piensan y ansían nuestros compatriotas. Usted a quien por muchos motivos respetamos, no puede aceptar con complacencia -estamos seguros de ello- la adulonería con que la prensa grande llena páginas con las fotografías y las crónicas de sus viajes, en una forma que repugna a los espíritus libres y que tristemente recuerda tiempos todavía cercanos; mientras esconden, tergiversan o simplemente hacen como que ignoran la ansiedades profundas del pueblo argentino. Esas ansiedades que podrían sintetizarse en muy pocas palabras: libertad, prescindencia genuino en los pleitos partidarios, justicia social y generosidad por los vencidos que no sean delincuentes. Estas son las palabras que usted, señor Presidente, debería escuchar. Y no la de esos paradojales consejeros que en nombre de la democracia quieren impedir elecciones libres, y en nombre de la libertad recomiendan un nuevo despotismo. Esté, señor Presidente, con el pueblo, con el auténtico pueblo, y su nombre pasará a la historia prócer de nuestra desventurada patria."

Ernesto Sábato

Santos Lugares, 7 de septiembre de 1956.

En este número:

Portada del Nro. 9
por  El Escarmiento
El "pensamiento Petete"
por Domingo Arcomano
Una sociedad devenida asesina
por Abel Posadas
El mal que aqueja a la Nación es la extensión... de las nuevas zonceras progresistas
por Diego Gutiérrez Walker
Hasta los Griegos están en contra
por Verónica Bermúdez Reinhardt
El juicio del mono (apuntes sobre el fundamentalismo religioso norteamericano)
por José Luis Muñoz Azpiri (h)
Una reflexión a propósito de una matanza
por Román Correa
Pintura argentina, pintura para los argentinos y pintura peronista
por Catalina Corripi
Los dioses ajenos
por Abel Posadas
Ernesto Sábato
por Domingo Arcomano
Relato del escritor Ernesto Sábato enviado a los diarios sobre su retiro de Mundo Argentino
por  El Escarmiento
Carta Abierta de Ernesto Sábato al Presidente de la República, Pedro Eugenio Aramburu
por  El Escarmiento
Contratapa
por  El Escarmiento
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Director: Domingo Arcomano
Jefe de Redacción: José Luis Muñoz Azpiri (h)


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