"Y aquellos que pervirtieron la voluntad del pueblo fueron puestos de rodillas, maniatados y sometidos por la fuerza..."

Codex Supliccium, III-24
 
 

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Domingo Arcomano 


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Año II, Volumen 9 - Agosto de 2008  

El juicio del mono (apuntes sobre el fundamentalismo religioso norteamericano)

por José Luis Muñoz Azpiri (h)

 

"Mi buen amigo John, déjame advertirte. Tratas con dementes.
Todos los hombres están locos en un sentido u otro".

"Drácula", Bram Stoker,1897.

 

"Las paredes son el pizarrón del pueblo" dice el escritor argentino David Viñas. Durante los supuestos bombardeos quirúrgicos de la "intervención humanitaria" de la OTAN en la ex Yugoslavia, podía leerse en las calles de Belgrado: "Nosotros a los idiotas y los insanos los ponemos en los manicomios, ustedes en la Casa Blanca". Por entonces, que gobernaba Bill Clinton, lejos estábamos de imaginar lo que sucedería después: la nación más poderosa del planeta, militar y económicamente, la usina de producción tecnológica y generación de premios Nóbeles, gobernada por una administración política signada por la ignorancia y el oscurantismo. Nadie familiarizado por la historia debería extrañarse que el creciente déficit democrático en Estados Unidos vaya acompañado por la declaración de misiones mesiánicas para llevar la democracia a un mundo que sufre.

En ocasiones, al referirse al fenómeno islámico, ciertos publicistas y analistas de café utilizan términos como integrismo o fundamentalismo, los que son transplantados de un contexto histórico-cultural a otro - por cierta analogía - pero abusando de una excesiva generalización. Es por ello que, como primera instancia, conviene efectuar algunas delimitaciones conceptuales a los efectos de devolver a cada término su verdadero significado.

Tanto los vocablos integrismo como fundamentalismo corresponden a movimientos de expresión religiosa que se dieron a fines del siglo XIX y comienzos del XX dentro del catolicismo intransigente y entre sectores puritanos del protestantismo, respectivamente y que no tuvieron implicancias políticas en el sentido que reconocemos actualmente. En efecto, integrismo es un término de origen francés, "intégralisme", que se utilizó en forma peyorativa para designar a una facción del catolicismo de los países latinos de Europa que, a lo largo del siglo XIX, se oponía a todas las tentativas de conciliación entre la Iglesia Católica y la sociedad surgida de la Revolución Francesa, por considerar a la modernidad como antagónica a la tradición que ellos pretendían preservar. Su lema era: no se puede transigir en los principios. Esto se traducía en un rechazo a la República no sólo por ser partidarios de la monarquía, de la soberanía temporal del Papa y del mantenimiento de los Estados Pontificios, sino además, fundamentalmente, por no admitir bajo ningún aspecto el principio republicano elemental de la libertad de conciencia y de culto, considerado un agravio a la verdad única del dogma católico y a la religión como elemento estructurante de la sociedad.

Contrariamente a integrismo, fundamentalismo fue un nombre asumido por el movimiento protestante conservador, que se originó en los EE.UU. a fines del siglo XIX, como reacción a las interpretaciones liberales y modernistas de esa época. Su objetivo básico era defender el precepto de inspiración divina de la Biblia -su infalibilidad- y, por lo tanto, la autoridad absoluta de la misma en la vida de todo cristiano. Por ello, veían (y ven) en la difusión de las doctrinas evolucionistas (como el darwinismo) el alto grado de decadencia a que había llegado la sociedad angloamericana: la secularización de los modos de pensar, la descristianización de la cultura y la educación. Como solución proponían el retorno a la palabra de Dios: la Biblia y el Dios de la Biblia son la única esperanza, sostenían. En su defecto, la sociedad norteamericana estaría destinada a sucumbir. Ello denota la preocupación por la moral privada y su alejamiento de la esfera política y de los asuntos públicos.

Esa concepción estricta del fundamentalismo ha ido, sin embargo, modificándose y hoy se llama fundamentalismo (a veces con una frivolidad periodística que asusta-"solo el periodismo es más frívolo que el filósofo", decía Wittgenstein) a lo que no encaja en nuestro modo occidental de vida. En cualquier caso, el concepto, al incorporar otros significados ha ido creando una idea del fundamentalismo que converge con las intuiciones comunes mayoritarias (dominantes). Y, así, por fundamentalismo se entiende, en general, una postura acrítica, dogmática, cuya suprema expresión es aquella en la que un punto único, central, juega de gozne y todo lo demás no hace sino girar a su alrededor.

En este sentido, el candidato actual más acabado para pasar por fundamentalista suele considerarse al Islam. Porque su monoteísmo es extremo y la dependencia de los muslim, -"siervos" - del Supremo es total; no deja resquicio alguno. Se ha dicho que el islamismo es la religión de la fe, el judaísmo de la esperanza y el cristianismo de la caridad; y que a los tres les cruza, sin duda, el monoteísmo mentado.

Pero al hablar del islamismo aludimos a una variada gama de corrientes políticas del mundo musulmán que tienen por objeto el restablecimiento del "Estado islámico" en las sociedades en las que actúan. Este fenómeno no es un hecho aislado y mucho menos reciente. Desde los comienzos del Islam han existido movimientos que se han basado en la necesidad de una renovación religiosa para justificar su conquista del poder o su lucha contra el poder instituido. Pero es a partir del triunfo de la revolución iraní, en enero de 1979, hasta la actualidad, con el inquietante Mahmoud Ahmadinejad, que estas corrientes políticas cobran fuerza y su importancia se extiende prácticamente a todo el mundo musulmán.

El término "fundamentalista" (por supuesto traducción del original fundamentalism) nace en el Congreso Bíblico Americano, realizado en Niagara Falls, en el Estado de New York, en 1895. Encuentro cuya característica principal se expresa en la claudicación de la inteligencia ante la soberanía del texto sagrado, entendido éste literalmente y excluyendo explícitamente todo tipo de interpretación o hermenéutica, y en la aparición de doce folletos entre 1910 y 1915, donde sesenta y cuatro autores norteamericanos, canadienses y británicos desarrollan los principios del movimiento caracterizados por un acentuado puritanismo, milenarismo obsesivo y absoluta oposición por la cultura moderna, estigmatizada como "humanismo secular".

Lo interesante es que estos folletos, intitulados como "Los fundamentos: un testimonio de la verdad" fueron financiados, principalmente, por Lyman Stewart, fundador de la "Union Oil Company". Él, conjuntamente con otros empresarios petroleros y dueños de granjas, apoyaban generosamente a los fundamentalistas, pues consideraban que su ayuda económica era una "inversión fructuosa contra el evangelio social".

El evangelio social, que constituye el eje del conflicto y tiene como trasfondo una visión optimista de la historia, ve el remedio de la crisis en medidas sociopolíticas y en una vida comunitaria que se rija por los principios de la doctrina de Jesús.(1) Las convulsiones mundiales surgidas con posterioridad a la Primera Guerra Mundial, la oleada inmigratoria compuesta por un enorme porcentaje de católicos y la aparición de nuevos actores en el horizonte histórico social, como el comunismo, el socialismo y el humanismo secularizante, desataron el pavor y la paranoia que caracteriza a los protestantes norteamericanos.
La fuente inmediata del excepcionalismo norteamericano fue esta tendencia intelectual del siglo XIX - el Evangelio social -, este sostenía que el hombre supera gradualmente el mal a medida que mejora la naturaleza humana, e implicaba que en Estados Unidos, dado el mérito de sus instituciones políticas, la naturaleza humana se estaba perfeccionando a ritmo más rápido que en otras partes. En consecuencia, los norteamericanos tenían el deber de extender los beneficios de este sistema.

Frances FitzGerald, al examinar la influencia de la teología milenarista o premilenarista ("estamos viviendo en los últimos días") en la política norteamericana, señala que la visión milenarista ejercería gran influencia en los años de la guerra fría ("el mal absoluto nos enfrenta; si no prevalecemos aquí - en Vietnam, Nicaragua, etc.- nuestras defensas contra el caos y el mal se desmoronarán por doquier"), mientras que el gnosticismo político del Evangelio Social dominó el período que va de 1916 a la guerra fría. Desde luego es influyente aún hoy. Aunque era "una posición minoritaria, igual que el premilenarismo entre los protestantes norteamericanos del siglo XIX... la tendencia general de ese pensamiento estaba muy difundida. Woodrow Wilson fue a la Conferencia de Paz de París con la visión gnóstica de que los Estados Unidos llevarían paz, libertad y justicia al mundo mediante un acto de voluntad. Durante y después de la Segunda Guerra Mundial, esta visión alimentaba la oratoria de muchas grandes figuras públicas, de Roosevelt a Wendell Willkie y Henry Luce".

La aparición del fenómeno fundamentalista cortó en dos a los Estados Unidos, acompañando la confrontación del período de entreguerras. El marco de fondo al desarrollo del movimiento era un norte industrializado y en plena expansión material frente al sur, esencialmente agrícola, con un tipo de organización social en consonancia con esa característica, y una situación económica sumida en una marcada decadencia desde la derrota de la guerra de Secesión.

Y es en el sur, precisamente, en donde se congrega la mayor cantidad de adherentes al fundamentalismo, gente temerosa de Dios, que lee la Biblia, prepara tortas de manzana y agita banderitas en los días patrios. Y esto es tan así que se le ha asignado una nomenclatura geográfica sumamente simbólica: "Bible Belt" (el cinturón bíblico). De modo que no es extraño que vean al reto terrorista-totalitario en términos metafísicos: la libertad contra el Mal, discurso que se inició en la década del 40 y perduró, con matices, hasta Ronald Reagan y George W. Bush.

Ya el elocuente James Burnham, ex trotskista y luego progenitor intelectual del neoconservadurismo norteamericano, escribió en el número de invierno de 1944-45 de Partisan Review que el poder soviético:

"...tal como la realidad de lo Uno del neoplatonismo... se despliega, al oeste hacia Europa, al sur hacia el Cercano Oriente, al este hacia China, y ya lame las costas del Atlántico y el Golfo Pérsico. Así como el Uno indiferenciado desciende en su avance por las etapas de Mente, Alma y Materia, y luego inicia su fatal Retorno hacia sí mismo, así el poder soviético, manado desde un centro íntegramente totalitario, se extiende mediante la Absorción (los países bálticos, Besarabia, Bakovina, el este de Polonia), la Dominación (Finlandia, los Balcanes, Mongolia, el norte de China y mañana Alemania), la Influencia Orientadora (Italia, Francia, Turquía, Irán, el centro y el sur de China), hasta disiparse allende las fronteras de Eurasia, en la esfera material externa de la Pacificación y la Infiltración momentánea (Inglaterra, Estados Unidos)."

Convengamos que este despropósito tiene más consistencia y estilo literario que cualquier declaración de los actuales funcionarios de Washington. Respecto a la intransigencia religiosa de los Estados que antiguamente pertenecieron a la derrotada Confederación sudista, es interesante recordar que el premio Nóbel de literatura, Sinclar Lewis, creó, en 1927, un personaje novelístico en su obra "Elmer Gantry". Arquetipo del predicador fundamentalista, Elmer Gantry, radicado en el sur, debe sus características de embustero, rígido y paradójicamente amoral, a ciertos individuos que Lewis había observado y conocido.

Este personaje no tardó en convertirse en la representación dominante del fundamentalismo, tal como lo veían gran parte de los intelectuales, o, mas estrictamente, el "establishment liberal intelectual". Recordemos que "liberal", en política, en los Estados Unidos, tiene una significación distinta a la del continente europeo o el resto de América. Expresa un tipo de pensamiento aproximado a lo que se conoce como la socialdemocracia europea. Pregona cierta redistribución económica, progresismo impositivo y la defensa irrestricta de libertades publicas, con las menores interferencias gubernamentales posibles.(2)

La traducción social del fundamentalismo estribaría en una concepción orgánica, cerrada, exclusivista y antimoderna de las relaciones socio políticas. No en vano al tradicionalismo se le ha llamado también integrismo (aunque en cuestión de nombres todo está abierto a cierta discrecionalidad. Así, alguno ha incluido dentro del credo político integrista a Wittgenstein. Aunque, no hay que escandalizarse, otro autor no menos serio le ha incluido entre los gnósticos. No faltará quién lo meta pronto entre los futbolistas ya que la idea de juego de lenguaje se le ocurrió viendo un partido de fútbol).

Pero para concluir con este galimatías terminológico, daremos como ejemplo extremo el de Roger Garaudy. Este converso al islamismo, después de su largo viaje por el marxismo y de agotar todo tipo de diálogo con los católicos, escribió en su libro Los integrismos: Ensayo sobre los fundamentalismos en el mundo: "El fundamentalismo-integrismo consiste en identificar una fe religiosa o política con una forma cultural o institucional que pudo revestir en una época anterior de su historia.. Creer, pues, que se posee una verdad absoluta e imponerla... Ahí se incluye el cientificismo que pretende tener respuesta para todo en nombre de una concepción arcaica y positivista de la ciencia; que cree en la hegemonía eterna de Occidente". Como vemos, para Garaudy tan fundamentalista-integrista es el islamista extremo como el científico habitual. Los dos se habrían quedado en una rígida, anquilosada y pétrea creencia que, en su ahistoricidad, surge agresiva, contra todo, anti-todo lo que exija moverse.

Pero para desbrozar un poco esta hojarasca terminológica, que ha confundido mas que esclarecido, podemos señalar ciertas constantes ideológicas: el profetismo, cuando, por ejemplo, Bush confiesa escuchar la orden de Dios para atacar a Irak; el mesianismo, algo tan común en los Estados Unidos que ha nutrido gran parte de su producción fílmica, desde la memorable "Heredarás el viento" hasta la desopilante "Dr. Insólito" y en tercer lugar el milenarismo, el advenimiento de la espiritual Jerusalén, de una sociedad perfecta y definitiva, que se sale de la Historia y le pone fin, alcanzando la plenitud de los tiempos y de cuya llegada da cuenta, según el inefable Pat Robertson, las recientes catástrofes naturales... como el huracán "Katrina".

Pese a la separación entre Estado e Iglesia que establecen las leyes, la democracia republicana de los Estados Unidos está convirtiéndose poco a poco en una teocracia, o en algo muy similar a lo mismo. Basta ver las constantes invocaciones al Todopoderoso en las campañas presidenciales, las cuales no se contradicen con sus desordenadas conductas personales y aberraciones públicas en política exterior (sus guerras no son objetables ante los ojos de Dios, es más, cuentan con su beneplácito).

El Juicio del Mono

En 1925 tuvo lugar en Dayton, Tennessee, en los propios Estados Unidos, el llamado Monkey Trial (El juicio del Mono). En el mismo se condenó al maestro de escuela John Scopes a una multa de 100 dólares por haber comentado en clase la teoría de Darwin. Si bien el docente perdió el juicio, fue la oportunidad (recreada en la citada película "Heredarás el viento") para que dos formidables abogados debatieran sobre el creacionismo y la teoría evolutiva: Clarence Darrow y Arthur Garfield Hays.

Darrow perdió el juicio, pero hizo que Dayton y todo el estado de Tennesse se convirtieran en el hazmerreír del mundo entero ante preguntas de puro sentido común: "¿cree usted que el mundo fue creado por Dios sólo 4004 años antes de Cristo y que el diluvio universal se produjo aproximadamente 1650 años después?, ¿cómo cree usted que Caín consiguió esposa, si no había otra mujer que Eva sobre la Tierra?" Y así. Recuérdese que en 1650 el arzobispo James Ussher, basándose en la Biblia, más precisamente en la edad de los profetas, calculó que la creación del mundo debió tener lugar el 26 de octubre del año 4004 antes del nacimiento de Jesucristo, a las 9 de la mañana. Sin entrar en tantos detalles, ya en 1599 hacía decir Shakespeare a un personaje de su comedia Como gustéis: "Este pobre mundo tiene unos seis mil años"

Sin embargo, para muchos norteamericanos toda mención a la evolución o algo parecido, sigue siendo indigerible. Si bien en 1966 una profesora de biología de Alabama, Miss Susan Epperson había logrado tras su apelación, que el 12 de noviembre de 1968 el Tribunal Supremo de los Estados Unidos declarara "anticonstitucional" toda ley que se opusiera a la enseñanza de la teoría de Darwin, aún hoy estados como Florida, Mississippi, Missouri, Illinois, Kentucky y Oklahoma omiten la palabra "evolución" de sus programas de estudio y el 2004 el sistema escolar del condado de Cobb, en Georgia, fue por más.

Sus autoridades obligaron a que todos los libros que aludieran a la teoría de la evolución llevasen un aviso que advirtiera que se trata apenas de una entre tantas otras posibles explicaciones sobre el origen de la vida. Entre las teorías a la que implícitamente alude la advertencia, figura de manera prominente una denominada "diseño inteligente".

El término apareció por primera vez en 1984, en el libro "El misterio del origen de la vida: un reexamen de las teorías actuales", escrito por Charles B. Thaxton, Walter L. Bradley y Roger L. Olsen. Los autores son tres bioquímicos que se proclaman "cristianos renacidos" y argumentan que la diversidad de las cosas vivas es tan abundante y tan compleja que no puede haber evolucionado como resultado de un proceso azaroso y gradual. El concepto fue abrazado con entusiasmo por los defensores del creacionismo, doctrina que propone una interpretación literal de la Biblia, como una forma de conferirle un peso "científico" a lo que de otra manera, sería meramente una interpretación teológica. Aunque estos intentos vienen de larga data. "A la necesidad de pruebas experimentales, algunas sectas dieron respuestas que pretendieron ser científicas, tales como un pequeño juego de las cifras llamado gematría. Manipulando las fechas y las cifras, literales o simbólicas, que abundan en la Biblia (y en la historia de la humanidad), es posible demostrar lo que se quiera. ¿No se ha probado que la Bestia del Apocalipsis (13,18), cuyo número es 666, designa a Nerón, a tal o cual Papa, a Hitler, Stalin y aún a Henry Kissinger".(3)

Sucede que tal como hemos visto en el comentario de Garaudy, la ciencia todavía no lo explica todo, es más genera sorpresas, imponderables y enigmas todavía irresolubles ¿con que prodigioso juego de casualidades consiguió la Naturaleza crear un órgano tan perfecto como el ojo de los vertebrados superiores? Darwin confesaba que no podía pensar en esto sin que le entrara la fiebre. Pero, contrariamente a sus acérrimos adversarios, era un intelectual carente de fanatismo, prodigiosamente abierto y aventurero, que hacía, solo por ver lo que el llamaba "experimentos idiotas", como tocar la trompeta a unas enredaderas. Y Wallace, tan abierto como él, fue un pionero de Parapsicología.

Es por ello que pese al empecinamiento de los funcionarios escolares de varios estados, que consideran que repetir la teoría de Darwin en exclusividad, año tras año, constituye un fraude para los estudiantes y proponen contraponerla a la teoría del diseño inteligente como una forma de "presentar un cuadro más balanceado", se ha manifestado la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos sosteniendo que no es otra cosa que el viejo creacionismo con nuevo envase.

Contrariamente a lo que se supone, salvo sectores integristas, la Iglesia Católica no se opone taxativamente al evolucionismo. Y aunque parezca mentira, fue un Papa estigmatizado por muchos como excesivamente conservador, Pío XII, quien en la encíclica Humani Generis (1950) expresó:

"La Iglesia no prohíbe que la teoría de la evolución, que trata del origen del cuerpo humano como resultado de otra formas vivas preexistentes, sea investigada y discutida por los expertos, en la medida que lo permita el estado actual de las ciencias humanas y de la teología sagrada"

El Génesis expone metáforas. Lo que son días para Dios son millones de años para los hombres. Pese a ello, Juan Pablo II, dijo en 1996 que la evolución era apenas una hipótesis y que sólo debía ser aceptada cuando se encontraran evidencias.

En realidad, este cambio de parecer, responde a hechos concretos: desde comienzos de los años 90 se ha ido formando un frente de evangélicos y católicos que asesoran al presidente (norteamericano). Uno de ellos, el padre Richard John Neuhaus, pastor luterano hasta 1988 y sacerdote católico desde 1991, es una figura tan cercana a Bush que, según el semanario Times, "nadie lo ayuda tanto a articular sus ideas religiosas". La preocupación central de Neuhaus - quien dirige el semanario ultraconservador First Things (Primeras cosas) - es cómo enderezar una nación de apóstatas, cuya cultura ha sido corrompida durante más de un siglo. La respuesta es simple: hay que gobernarla moralmente aún a contracorriente de sus propios designios. "La ciencia debe basarse en la fe y no a la inversa: ésa es la bandera de la nueva revolución. El combate ha empezado antes aún del 11 de septiembre de 2001, mediante los severos recortes del gobierno a los gastos de investigación en terrenos tan sensibles como el calentamiento global, la emisión o derrame de residuos tóxicos y la contraconcepción. Ahora, en todas las dependencias oficiales que controlan los medicamentos, la salud y el medio ambiente, se respeta una agenda férrea que se opone al aborto - por supuesto - a los programas de prevención del sida, al uso de preservativos, a cualquier educación sexual que no preconice la abstinencia, a la llamada píldora del día siguiente y a la fertilización artificial".(4)

Desde luego que para quienes integran este frente político-religioso el "diseño inteligente" no admite discusión. Sin embargo, no todas las opiniones son simétricas, muchos católicos han criticado este pastiche, entre ellos el reverendo George Coyne, un jesuita que dirige el Observatorio Vaticano, "El diseño inteligente no es ciencia, aunque pretenda serlo. Debe transmitirse dentro de la enseñanza de la religión o de la historia cultural, no en el campo de la ciencia", afirmó. Convengamos (seamos creyentes o no) que los jesuitas tienen una formación tanto teológica como profana... un poquito mejor que la de los predicadores de Arkansas o algún otro lugar del Medio Oeste norteamericano.

No obstante, para un newborn Christian, un cristiano renacido que recién dejó la botella como Bush, meditar sobre los meandros y enigmas de la existencia a la luz de la ciencia, puede representar el peligro de un derrame cerebral.

"Por medio de Karl Rove, su mano derecha, el presidente está trazando una alianza de hierro con los grupos más conservadores de la Iglesia Católica. Rove se había acercado a Juan Pablo II a través del Opus Dei, de los Legionarios de Cristo y de Comunicación y Liberación. Junto a todos ellos, ha celebrado ahora la consigna según la cual Benedicto XVI prefiere una iglesia con menos feligreses, pero todos ellos incondicionales y absolutamente fieles a la doctrina. Así es también la revolución que Bush predica, tanto en contra del terrorismo como a favor de la moral conservadora: que sean pocos, pero dispuestos a todo".(5)

Pero en algún punto de la confusión de su conciencia nacional, los norteamericanos saben que están atrapados en la pequeña contradicción de amar a Jesús los domingos y codiciar una fortuna el resto de la semana.

Renunciar a la bebida puede haber sido el acto más heroico de la vida de George W. Bush - dijo en algún momento Norman Mailer - pero ahora los Estados Unidos podrían estar pagando el precio. La religiosidad de George W. se convirtió en un ungüento que cubre toda la locura del alcohólico en recuperación que aún respira en su interior.

 

Notas:

(1) Sánchez Parodi, Horacio M. "El Fundamentalismo en la política". Ediciones Depalma, Buenos Aires, 1998.
(2) Ibíd.
(3) Woodrow, Alain "Las nuevas sectas". México. Fondo de Cultura Económica, 1993.
(4) Martínez, Tomás Eloy "La creación según Bush", La Nación, 24/9/05.
(5) Ibíd.

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