"Y aquellos que pervirtieron la voluntad del pueblo fueron puestos de rodillas, maniatados y sometidos por la fuerza..."

Codex Supliccium, III-24
 
 

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Domingo Arcomano 


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Año II, Volumen 8 - Julio de 2008  

El Aniceto no es lo que fue y el Corazón de fábrica lo ignora

por Eduardo Romano

 

Tal vez sea muy arriesgado fusionar en un solo título estas dos películas estrenadas recientemente, pero debo reconocer que a mí la idea no me resulta muy disparatada. Ante todo fui a ver, en cuanto pude, la última película de Leonardo Favio. Y por suerte no me demoré, porque estuvo muy poco tiempo en cartel. ¿Falta de apoyo de los distribuidores o falta de respuesta del público? Me parece que debió pesar mucho esto último. No es arduo suponerlo.

De los años 60 para acá, la figura de Favio cineasta fue creciendo en importancia y repercusión. En consultas a los más jóvenes realizadores argentinos, su nombre aparece indefectiblemente como uno de los preferidos o, por lo menos, de los que no pueden faltar. Incluso al apartarse de la ficción, luego del éxito obtenido merecidamente por Gatica, el mono (1993), su público adicto lo acompañó viendo como podía primero y comprando el DVD después: Perón, sinfonía del sentimiento (1999).

Lo que intentó con Aniceto fue más arriesgado y no resultó. Uno podría remitirse a las remake, un verdadero género en los dispositivos comerciales de Hollywood. Y que se aplicaron, en general con no mucho éxito, en otras filmografías. Para sólo dar un ejemplo, Así es la vida (1939) dirigida por Adolfo Mujica representó la coronación de un tipo de comedia familiar (libreto de Malfatti y De las Llanderas) que, luego de descollar en los escenarios, pasó a la pantalla y el sello Lumiton con actores de la talla de Enrique Muiño y Elías Alippi, cabezas de una compañía especializada en esa clase de espectáculos y con seguidores propios.

En mayo de 1977, el improvisador Enrique Carreras, que ya había remaltratado otros ocho filmes originales, la emprendió con ese clásico merced al aporte descaracterizado de Luis Sandrini y Angel Magaña. Era un intento fallido de mostrarle al público que soportaba las políticas militares y económicas represivas de los tres comandantes, que se podía volver al esquema familiar de cuarenta años atrás con un buen dispositivo de pelucas, bigotes postizos, miriñaques alquilados, etc. Que los argentinos somos derechos y en casa, con la puerta cerrada.

Lo de Favio nace de otro motivo, porque, ante todo, se trata de reescribirse y eso suena así, a primera vista, todavía más peligroso. También cuarenta años, aproximadamente, separan Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más (junio de 1967), de Aniceto (89 min., junio de 2008). Con el cual, no me cabe duda, el director se autohomenajeó. Eligió para hacerlo la que considera -en eso coincido- su mejor película. "Aquellos largos silencios con cantos de la naturaleza, aquí se convierten en un gran espectáculo sonoro y enorme juego de color, como si fueran cuadros para cada escena" (entrevista a Leonardo Favio por Alberto Farina en Ñ, 245, Buenos Aires, 7-VI-08).

La actitud que se desprende del filme es francamente estilizadora. Y en esa estilización, que lleva la acción al plano de la ópera-ballet, redujo o simplificó sensiblemente los personajes y ambientes a la actuación de los bailarines Hernán Piquín (Aniceto), Natalia Pelayo (Francisca) y Alejandra Baldoni (Lucía). Con tal gesto resignó todo el humus histórico-social que se respiraba en su vieja película, que ya desde el título agredía los hábitos del espectador en una década de cambios ostensibles para el precepto artístico argentino.

Encabezado por un deíctico, su gesto señalaba las vicisitudes de un romance popular (artículos que anteceden a los nombres propios) frustrado, sus consecuencias para el protagonista y, cabe suponerlo (elipsis total), para la Francisca. Con una ambientación claramente regional, el suburbio que era entonces Luján de Cuyo (hoy un barrio más de la gran ciudad) de la capital de Mendoza.

Hasta allí llegaba desde el interior, en un destartalado ómnibus de línea, una muchacha (Elsa Daniel) dispuesta como tantas otras a emplearse de doméstica y a gozar de los beneficios de la urbe provinciana. No bien desciende, es cooptada por ese "cazador" adiestrado que encarna en aquel filme Federico Lupi, en su primera aparición sobre la pantalla. Minucioso relato de esos amores, que incluyen la puñalada que recibe Aniceto en un cafetín y su reclusión carcelaria. Las emocionadas cartas que intercambia la pareja, y que atestiguan aspectos insospechados de sus psicologías, y el entusiasta reencuentro a la salida de la prisión.

Todo acompañado por sobrias reconstrucciones de las costumbres humildes, en la vestimenta, los objetos que adornan el cuarto, el trato con el gallo de riña (el Cenizo, que daba título al cuento adaptado de Zuhair Jury, hermano de Favio) que adiestra Aniceto, y a lo cual se sumaban reveladoras imágenes de un bailongo lugareño o la presentación de una compañía radioteatral en gira por los pueblos.

Entonces se cruza la Lucía en sus vidas, su mirada provocativa deslumbra a un Aniceto que siente va a ascender un escalón (o apenas medio), seduciéndola, y que debe en cambio soportar la independencia femenina, a la cual no está acostumbrado. Termina por abofetearla, por perderla y humillarse sin resultado. Extraña sin posibilidades de recuperarla a la Francisca y, para tener dinero, asistir al baile y recuperar a Lucía, comete la imprudencia de vender el Cenizo a su vecino, un agricultor italiano ávido de dinero. Luego de saber que Lucía se fue del baile con otro, que ni lo tiene en cuenta, busca recuperar al gallo y el italiano lo mata con varios disparos de escopeta, mientras discute con su mujer en dialecto; la cámara se eleva hacia el cielo en una suerte de ruego por semejante tragedia absurda, escalofriante.

Favio opone los valores criollos, sobre todo el del compadraje (es su compadre quien lo auxilia cuando lo hieren y conduce a su casa, el que lo visita en la prisión, el que cuida de Francisca mientras Aniceto no está), a la avaricia extranjera (y que el italiano simboliza) en una coyuntura que era el de la apertura de la economía argentina a las multinacionales que destruyeron nuestra incipiente industria nacional.

Así lo expuse en el Congreso de Literatura Argentina celebrado en Mendoza, en agosto de 2006, durante una conferencia en curso de edición con todos los materiales de ese evento. Al estilizar en un ballet que privilegia lo plástico y sintetiza la trama, sólo quedan en pie la bondad simpática de la castaña casi rubia Francisca contra la sensualidad malévola de la morocha Lucía. Por eso, en la escena culminante, el vecino que le compró el gallo grita en un castellano casi ibérico y nos quedamos helados. Todo está más cerca de García Lorca y de Carlos Saura que del grotesco criollo.

La canción con que se cierra el filme habla de la juventud y de las ilusiones pasadas. Tal vez esos tópicos de su letra expliquen mejor esta reescritura en la que Favio dilapidó las connotaciones ideológicas de su mejor película para componer una suerte de ópera ballet de gran efectismo visual y que practica la autocita mediante otras secuencias (las peleas de gallos sanguinolentas recuerdan los combates exageradamente violentos del Gatica) o con los efectos sonoros (muchos, patéticos, nos remiten a Juan Moreira o a Nazareno Cruz y el lobo) de su producción anterior.

¿Saldó con su extenso semidocumental sobre el peronismo de 1946-1955 su deuda con ese movimiento y decidió refilmar al protagonista de aquel "romance" a solas con sus mujeres, en un paisaje casi onírico (dentro de un hangar y con enormes telones pintados del teatro Colón) y un clima musical (tarea de Iván Wyszogrod) espectacular? La coreografía de Marga Fernández y Laura Raotta contribuyó a esa traslación decididamente plástica y mayormente abstracta.

En fin, la voz "dulce y temblorosa" del propio director, al comienzo, le otorga "el carácter casi confesional" que comentó Luciano Monteagudo en Página 12 y que respetamos como derecho privado de un gran artista, aunque no lo haya reconectado con su amplio público adicto. Una de las pocas huellas originales que no se borraron provienen de alternar música clásica con tangos (Carlos Di Sarli) y cumbias (Los Wawancó).

Es curioso que tal renuncia a lo que de contexto y de militancia artística había en la película original, sea uno de los pozos negros más llamativos del documental Corazón de fábrica (129 min., enero de 2008, de los realizadores Virna Molina y Ernesto Ardito), exhibido a partir del 1º de mayo de este año en una sala del Hotel Bauen, regenteado ahora por su personal, y la película alude, precisamente, a un proceso similar pero que se gestó durante años en la empresa cerámica Zanon, radicada en el sur argentino (Neuquén).

El eje del filme cuenta la cronología de dicho proceso, los enfrentamientos con la familia propietaria que trató de resistir la decisión autogestiva de los obreros, los intentos judiciales por desalojarlos en cuatro oportunidades, las luchas internas por llevar adelante el proyecto, incluso contra la oposición -aliada a los patrones- de la burocracia sindical. Hoy trabajan allí 470 obreros, unos doscientos más de los que había antes de la toma, en un período signado, en casi todas partes del país, por el desempleo.

No escatima tampoco referencias a las tensiones entre diferentes grupos políticos -PST, Partido Obrero- y gremiales por capitalizar el fenómeno y nos brinda un informe que, si no es verdadero, por lo menos resulta creíble. Para eso apelaron a numerosas horas de filmación y a un montaje que da cuenta de los principales momentos del proceso hasta el día de hoy, aunque el equipo haya trabajado con muchas limitaciones técnicas (producción en Mini DV Progresivo 16:9), como se encargaron de explicar sus responsables, entre otras cosas, durante una charla que siguió a la exhibición.

Claro que era imposible contar esa historia sin enraizarla con otra historia mayor, la de la industria nacional y ésa, a su vez, con las vicisitudes de la clase obrera argentina. Ahí es donde la película muestra mayores debilidades. En efecto, ¿se puede abordar esa problemática en la Argentina sin la menor alusión a la crisis producida por la segunda gran guerra desde 1938, que provocó la suspensión de numerosas importaciones básicas, y sin mentar la aparición del peronismo y de su política industrializadora, cuyos efectos se hicieron sentir hasta mucho después de 1955?

Me parece que el surgimiento de esa conciencia proletaria era más provechoso, para el sentido general del filme, que intercalar otros sucesos políticos más o menos recientes (la muerte de Kosteki y Santillán durante una movilización piquetera, el asesinato del maestro Fuentealba en una ruta neuquina). Peor aún, las dos alusiones a otro gobierno popular no clasista, el de Hipólito Irigoyen, sólo atinan a mostrar sus momentos de debilidad frente a las imposiciones del verdadero poder hegemónico conservador y ninguno de los numerosos aportes que hizo en favor de una mejor legislación laboral, entre otras reformas recordables.

Es decir que, por fuera de la cronología que da cuenta de la ocupación y de la puesta en funcionamiento de la ex fábrica Zanon, ahora FASINPA (Fábrica sin patrones), en manos de una comisión obrera, el documental no atina a contextualizar ese hecho en un país que vivió situaciones similares, aunque no concluyeran de la misma manera y por razones que sería bueno analizar. Me limito a recordarles lo que fuera la ocupación del frigorífico Lisandro de la Torre y la lucha de barricadas por las calles de Mataderos que acompañaron esa gesta, a fines de la década de 1950. ¿No son los eslabones de una misma cadena? ¿No se fija con eslabones el ancla de la memoria?

En este número:

Portada del Nro. 8
por  El Escarmiento
Editorial
por Domingo Arcomano
Olvidos y decepciones
por Santiago Mallorca
Inmigración, grandes simios y P.S.O.E.
por Domingo Arcomano
El águila está de regreso (...y vino con un portaviones)
por José Luis Muñoz Azpiri (h)
El "Aniceto" no es lo que fue y el "Corazón de fábrica" lo ignora
por Eduardo Romano
"Leonera": un melodrama posmoderno
por Abel Posadas
"Perón. La formación de su pensamiento" de Carlos Piñeiro Iñiguez
por Domingo Arcomano
"Debates y combates. Por un nuevo horizonte de la política" de Ernesto Laclau
por Verónica Bermúdez Reinhardt
Arturo Jauretche: "Progresismo nacional o progresismo de factoría"
por Domingo Arcomano
Así hablaba Jauretche
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