"Y aquellos que pervirtieron la voluntad del pueblo fueron puestos de rodillas, maniatados y sometidos por la fuerza..."

Codex Supliccium, III-24
 
 

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Domingo Arcomano 


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Año II, Volumen 7 - Junio de 2008  
  UN TEATRO ARGENTINO PARA LA NUEVA ARGENTINA
por Cátulo Castillo

En la Unidad Básica Cultural Eva Perón, de la ciudad de Buenos Aires, el 9 de noviembre de 1953, con la asistencia del presidente de la República, general Juan Perón, se realizó un acto cultural en el que se prosiguió el ciclo de conferencias para los alumnos de la Escuela de Arte Escénico. En tal oportunidad hizo uso de la palabra el señor Cátulo Castillo, quien desarrolló el tema "Un teatro argentino para la Nueva Argentina". En el presente folleto se transcribe el texto de la referida disertación.

 

La sabiduría popular ha dicho que el "sentido común" es, tal vez, el menos común de los sentidos.

Y esto, que pareciera carecer de sentido, porque es paradójico, resulta una verdad que el mundo, con todos sus lugares comunes, refirma cada vez -precisamente-que se le exige tenerlo, para beneficio de la paz, de la felicidad o siquiera sea de la tranquilidad de sus habitantes.

Pareciera ser que lo "anormal" configura tan luego la precaria "normalidad" del mundo y de esta civilización que padecemos. Y resulta congruente, lógico, que un "sentido común" catalogado así, como virtud, sea lo excepcional en un globo terráqueo que se disloca para colocarse en la postura de lo contraproducente y de lo negativo. Miramos con alarma cómo se incendia por los cuatro costados. Proliferan los crímenes.

Políticas absurdas que niegan -tan luego las virtudes que exige la política- la buena vecindad, la tolerancia y el respeto, campean sobre un espeso caldo de cultivo, para que una locura colectiva extienda su epidemia de guerra al "sentido común". Sabemos que muchas manifestaciones del espíritu del hombre están contaminadas por esta gigantesca infección.

Todos los "ismos" de la pintura, de la poesía, de la literatura, de la música o del teatro, por ejemplo, ingresan en una paranoia general, verdugo de la sensatez, para hacer tabla rasa con el equilibrio de la gente y desmoronar lo razonante, lo claro y lo que es lógico. Nosotros, los que no entendemos el "existencialismo", tampoco entendemos cierto cartabón de poesías, ciertos cuadros y cierta música. Y cuando oímos ponderar lo que -con toda buena fe - consideramos absurdo, lo que nos rechaza una sensatez interna, un razonamiento estético, pensamos: "¡Yo estoy loco o están locos los demás!..." Y entonces hacemos mutis para mirar la realidad de la calle, del cielo o de los hombres que no tienen ni tres ojos, ni la piel a cuadritos, ni los miembros deformes que nos amenazan desde la pesadilla de un óleo de Salvador Dalí. Y que me perdone. No lo entiendo.

El arte es, siempre, un reflejo de la vida proyectado a través de un espíritu creador o recreador. Pero exige buena fe, sinceridad y equilibrio. Nada que no tenga equilibrio - que es razón en definitiva - puede aspirar a permanecer, a tener validez y a prolongarse hacia el futuro, como las pirámides egipcias, milagro de equilibrio, o la Venus de Milo, milagro de "forma", indiscutida a través de los siglos, desde la perfección de su verdad y de su belleza. Pensamos con nuestro amigo Perogrullo que, en el Arte, lo que no es bueno es malo. Y opinamos que un conspicuo poeta de América como Pablo Neruda se define en los poemas que se le entienden, pero se desmorona en la incongruencia de otros y en la insensata búsqueda de lo sorpresivo y de lo novedoso, mas irrazonable, obscuro, embarullado.

 

Un hombre con alma de maestro: Perón

Lo bello siempre responde a una arquitectura cuyas leyes dicta la naturaleza e inspira el paisaje. Lo bello de un discurso está en su claridad y en su razón, en la exposición clara e inteligible de sus conceptos, en la verdad que diga y en la luz que derrame. Siempre he pensado que nuestro país, y acaso el mundo contemporáneo, tiene un ejemplo cabal y definido de lo que es la oratoria al servicio de la idea.

Claro, conciso, razonante, simple, el general Perón ha hallado la exacta medida del lenguaje cabalgando una lógica que siempre resulta inapelable. Su equidistancia es la equidistancia de la razón, conservando su centro entre dos precipicios de "derecha" e "izquierda", que siempre son extremos y que, como en las estibas de los barcos o en las petacas de las mulas, deben estar equilibrados para ayudar la marcha. Porque esta misma razón, este mismo equilibrio indubitable, lo hallamos en el "centro", en esta "tercera posición", que es la más lógica y la única, verdadera, incontrovertiblemente razonable.

Se necesitó que llegara un hombre con alma de maestro y con la mente clara, que tiene por encima de todas sus providenciales virtudes de estadista eso que supera al talento y a la misma estrategia del conductor que sabe adonde va: la buena fe del hombre que quiere y que siente lo que hace.

La lógica del líder de la Nueva Argentina tiene sus más hondas raíces en esa buena fe con que procede siempre, que va desde un idioma de pueblo - sin retórica inútil-, para explicar los pasos de su propio gobierno, proponer acciones conjuntas y hacer de nuestra patria una inmensa familia, donde el padre que se sienta a la mesa, mientras reparte el pan, les explica a los hijos cuáles son sus razones, cuál es su economía, qué debe realizarse y qué no debe hacerse.

Esta es su matemática, con una orientación de matemática.

Y en esta matemática -razonamiento puro-, cuando hubo que pelear, salió a pelear, desmoronando antiguas y callosas costumbres, la inercia, la politiquería, el interés absurdo del capital, las presiones externas, el qué dirán, murmullos y panfletos, y los gritos de afuera que se soliviantaban ante una revolución que era algo más que lo aparente de una revolución: era el comienzo de una era del mundo, como fue la de Cristo en Galilea, y que con la modesta señal de dos palabras: "Tercera Posición", estaba demarcándole al mundo una filosofía, una conducta, la salida genial para su salvación.

Un argentino halló la equidistancia. Lo tenemos aquí. Es nuestro hermano. Sintamos su presencia en este gran murmullo de pueblo que reivindica los errores de todos los demás pueblos de la tierra.

Esta misma razón de equidistancia, de equilibrio, tiende a cumplir su parábola irremediable: el descanso, que es paz. Y después del hervor de una contienda, donde hubo que gritar y agitar los cencerros de la yegua madrina, se alcanza la otra etapa lógica, que es también matemática y profunda, inapelablemente filosófica: la etapa de la conciliación, de la solidaridad de los hombres, la buena voluntad de los países.

En este teatro inmenso, extracontinental, asistimos a todas las páginas de los pronunciamientos con que se pretendía contener la avalancha de la nueva doctrina. Y ahora, como un milagro -cambio de decorado -, vislumbramos las voces que nos dicen que sí, que teníamos razón, que ahora hay que escucharnos, que el Hombre conocía su barco y estaba bajo la tormenta manejando el timón, a la espera del alba que traería la calma de los razonamientos.

Todo eso, mis amigos, nos henchiría de orgullo si no fuéramos eso fatal que somos: hombres de la Argentina, de la Nueva Argentina. En la Nueva Argentina, que yo diría que es algo así como la página primigenia, de un mundo también nuevo, se está cumpliendo todo. Estamos en la alquimia todavía.

Diez años, veinte, treinta, no representan nada en la historia del mundo y representan poco en la historia de un país, aunque ese poco contenga las raíces de toda su existencia futura.

Hay gente que se queja. Ya lo sabemos todos: porque hay pocas viviendas, porque el tranvía está lleno, porqué ha llovido mucho, porque hiela, porque hace mucho viento.

Pero a veces salimos y encontramos caminos que son como milagros, de belleza. Enormes monobloques, monumentales Ómnibus, barriadas populosas para obreros, barcos, aviones, trenes y piletas y juegos para niños y árboles y aeródromos de ensueño. Todo eso realizado en un birlibirloque de menos de diez años, como si un juego mágico, de manos taumaturgas, hiciera los hechizos de aquella lamparita de Aladino.

Y a veces, saliendo de la Patria, lejos de aquí, se nos llenan de lágrimas los ojos en cuanto avaloramos tras ese prisma claro que entrega la distancia, cuál es y cómo es este milagro de la Nueva Argentina.

Se está cumpliendo todo, poco a poco, a veces aceleradamente, y otras con esa paulatina conquista del almácigo que reclama más tiempo. Se está cumpliendo todo. Y ahora se cumple el Teatro.

Cuando yo era un purrete, mi padre tenía uno, allá por la barriada de Boedo, donde una compañía de artistas de ese entonces realizaba las obras -pobremente vestidas-de un teatro nacional ya en botón.

Eran sainetes simples o comedias, que venían de la calle, con el gusto y el sabor de la calle. Muchos nombres de actores se mezclaban en el ir y venir de las semanas que pedían estrenos tras estrenos, para la misma gente que reclamaba - ¡es claro! - cosas nuevas, ya que el público se renovaba poco en la parroquia.

El elenco de artistas tenía sus veteranos -hombres de la primera hora- y otros que, entonces partiquinos, hoy blanquecinos de años, son de la guardia vieja. Los demás cayeron en el tráfago tremendo de la vida, algunos miserables, otros solamente olvidados, y casi todos sin alcanzar a ver ésa fama dorada, engañosa, que los llevó a las tablas una vez.

De esto hace... cuarenta años. Pero el teatro ya mostraba su historia en la Argentina. Historia de entrecasa, doméstica, modesta.

A dos cuadras de allí, en Boedo e Independencia, sobre un potrero donde, a veces, realizaban kermesses, se asentaba la lona remendada de un circo de extramuros. Era el Gran Circo Anselmi. Payasos y "ecuyéres", saltarines, acróbatas, cumplían su misión sobre la pista, y luego, hacia el final, la compañía en pleno representaba el drama "Juan Moreira". Había un escenario toscamente arreglado y un pobre picadero de aserrín que invadían caballos y donde la partida peleaba con el gaucho matrero y el gringo Sardetti recibía las pullas de un público parcial que le tiraba con lo que tenía a mano. Era siempre la víctima del realismo teatral del drama "Juan Moreira", que es la primera piedra de un teatro nacional que quería gestarse allá en el otro siglo.

Hasta esa referencia de tres cuadras, sobre mi barrio viejo, llegaban dos jalones de la historia del escenario criollo, casi casi tocándose, y en una proyección de otra historia más vieja, con circos y con teatros, y payasos y actores, y las luces de gas del otro Buenos Aires, apenas empinado sobre el siglo, de hoy.

Allá, en el horizonte del recuerdo, remendando su carpa, levantando sus palos y haciendo cuatro saltos mortales al futuro, una familia entera nos contempla y nos saluda con una mano pálida de adiós: ¡la de los Podestá!...

Claro está que frente al circo trashumante de esa familia heroica existían los teatros extranjeros que llegaban de lejos, con actores y actrices empacados, patosos, pedantescos...

Y estaba el teatro lírico, infatuado, siempre convencional, que miraba hacia Italia, soñando con Rossini o Donizetti, metiéndole en la gola a los cantantes, junto a aquel "do di petto", la sonrisa piadosa y despectiva por todo lo vernáculo.

 

Historia de los escenarios de Buenos Aires

Hacia fines de siglo, cuando las mujeres usaban polizones y los hombres usaban bigotera, Buenos Aires tenía su historia de escenarios.

Lejos, en la Colonia, aquel teatro famoso que fue la "Ranchería". Más acá el Coliseo, de la calle Reconquista y Cangallo, frente a la Merced, que después se llamó Teatro Argentino. Y el Teatro del Buen Orden, en aquella esquinita de Buen Orden y Rivadavia, y junto a él, en tiempos de Juan Manuel de Rosas, el Teatro de la Federación. Y así, el de la Victoria, y el Alcázar y el Porvenir y el Recreo y de la Opera, y el Teatro Politeama, cuando había potreros en la calle Corrientes, con sus cercos de tunas y verdes cinacinas.

En la calle Florida entre Piedad y Cangallo, el Teatro Nacional que heredara más tarde nuestra angosta Corrientes, y que una vez, no ha mucho, fuera la célebre Catedral del Sainete.

Los viejos calaveras recordarán, un poco melancólicamente, aquel pintoresco local El Pasatiempo, sobre la misma calle Paraná 315, donde todas las noches se armaban peloteras tremendas, con silletazos y horrendas silbatinas, mientras mujeres gordas bailaban el cancán mostrando sus pesadas enaguas con puntillas, lunares y moños.

Era el reducto bullanguero de aquellos patoteros, terror de las milongas, que sentaban sus reales en los alegres sitios de la urbe para mostrar la impunidad de algunos apellidos y la gracia alevosa de sus chistes, que una vez propiciaron la locura del negrito Raúl, enviándolo a Mar del Plata, en una jaula, con pasaje de perro.

Se cuenta que allí, en El Pasatiempo, la barra de "jailaifes" se tomó una venganza despiadada contra un cantor francés de apellido Forlet. El pobre cancionista, acobardado por esas reacciones funestas de aquellos niños bien, no daba pie con bola en un "couplet". Como si el horroroso escándalo que le hicieron no fuera suficiente, llegaron al camarín y lo levantaron en vilo, para encerrarlo con llave en un retrete, donde permaneció 24 horas gritando como un desaforado.

Era una vida alegre, claro, pero injusta. Alegre para pocos, penosa para muchos.

Tiempo de los globos esféricos y de las galeritas, cuando Frégoli, transformista genial, realizaba sus cosas y se bailaba el tango en las orillas, sobre las baldosas de lugares famosos por sus grescas.

En la escena todavía se hablaba el idioma europeo: Cervantes, Calderón, Moliere, Racine... Corneille...

Tal vez, los entremeses españoles, sainetes andaluces, y entre las funciones circenses se daban farsas mímicas que siempre terminaban a golpes de vejigas infladas o con palos que se envolvían en paja. ¡Era lo payasesco! Podemos ubicarnos en escenarios raros, distintos, con una ingenuidad pueril, donde el paisaje nuestro - el de la calle, el de los campos, el de la sociedad - estaba ausente.

Quedan algunos nombres de esas farsas primarias, donde aquellos actores improvisaban todo, con diálogos ad líbitum, grotescos y sin orden, tales como: "El modo de pagar sus deudas", "María Cota", "El negro boletero", "El maestro de escuela".

Todo eso se esfumó, como el rapé, dando un gran estornudo... Los circos criollos deambulaban, llevando su pobreza y el destino de ser el primer paso hacia la cosa nuestra, por caminos de barro y en tristes carromatos, con la rubia "ecuyere" que era primera actriz, o el forzudo campeón que se ponía una barba, o el galán de mostachos retorcidos y un jopo pasatista, que podía enamorar a la muchacha pálida de la primera fila...

Así llega a este siglo - que es recuerdo vívido para muchos - el nombre casi prócer de aquellos Podestá. De esa larga, de esa heroica familia donde entronca la historia de la escena vernácula: Pablo, José, Jerónimo, Juan, Antonio, María "La Rubia", Totón, Marino, Blanca... Infinidad de nombres, junto al apellido ilustre de pobreza, de trabajo, de amor para la escena... Es un justo homenaje para ellos.

Junto a ellos, Raffetto, un genovés fortacho que trabajaba de Hércules y a quien todos llamaban "40 onzas".

La anécdota teatral tiene en este gringo bueno y luchador infinidad de páginas que son muy populares entre la gente de "antes".

Se cuenta que una vez -no sé si por Azul- se daba una función en una noche de esas para quedarse en casa. El viento huracanado estremecía los palos, y la carpa temblaba al embate tremendo de la lluvia.

Había mucho público y, es claro, era una lástima perderse la taquilla, después de haber sufrido largas "liebres", como dicen los muchachos de ahora.


-Don Raffetto... ¡No podemos seguir!
-¡No emporta! ¡Avanti!...
Pero el tiempo inclemente no entendía de heroísmos, y le daba a la carpa cada golpe que se desmoronaba. ..
-¡Por favor, don Raffetto... Salga a la pista... Anuncie que esto no tiene miras de parar...
Convencido, acorralado, el gringo se decidió por fin, y saltó al picadero gritando a voz en cuello:
-¡Signorine... signore!... ¡Se sospende la tromienta perqué viene una fondón de la gran siete!...
Un gran coro de risas y gritos remató su grotesco monólogo, y "40 onzas", creyendo que estaban protestando, agregó muy suelto de cuerpo:
-¡E ar que no le guste, que pase por la boletería, que se le van a devolver sus cincuenta centavos de porquería! ...

Yo no sé si esto es cierto, pero que es "ben trovato" me resulta innegable.

En un paisaje así, con un clima de lona y de pobreza, nació una vez el drama "Juan Moreira".

Entre unas pantomimas como "Los dos sargentos", "Los brigantes de la Calabria" o "Garibaldi en Aspromonte", que se daban en el Politeama Argentino, y para un beneficio de los Hermanos Cario, nació la idea de "mimar" el libro famosísimo de Eduardo Gutiérrez.

Sólo era menester encontrar al actor capaz de jinetear, cantar y bailar, tal como lo exigía el personaje entrado en el amor del pueblo.

Y nadie mejor que Podestá, José, el célebre "Pepino 88", que entonces trabajaba de payaso en el Humberto I.

Contratado, Gutiérrez arregló las escenas, y así se presentó el drama que no tenía palabras, pero tenía caballos, bailes y cantores, donde toda la familia Podestá contribuía con sus habilidades.

La pantomima, representada en el escenario y en la pista con un despliegue inusitado -para entonces- de fuerzas dramáticas, tuvo el éxito que todos le negaban al principio.

En esa noche memorable el teatro argentino, sobre la cosa cierta de personajes nuestros, alzó su plataforma para ver el camino que había de recorrer hacia el futuro.

Fueron los Podestá quienes siguieron dando alas a la idea, en otras temporadas y por lejanos pueblos de la Patria. Fracasos, triunfos, todo lo que el hombre de circo acomoda en alforjas, con el hambre, la ilusión, las luces y las sombras, fueron los manes de remotas funciones de muchos "Juan Moreira".

Los antiguos caminos de la Patria, todavía intransitables, supieron de esta dulce aventura de los "rascas" geniales, donde alentaba el "comisario malo": Don Francisco; Julián, "el amigo"; Sardetti, "el traidor", y el sargento Girino, verdugo del matrero.

¡Curiosos episodios jalonan el recuerdo! Con públicos ingenuos, que vivían la verdad de aquel drama, se producían hechos como el que ya traemos:

En un pueblo cualquiera y hacia el final del drama, Moreira, para huir, quiere saltar la tapia. Entonces se le acerca el sargento Girino, y lo asesina por la espalda de un trabucazo. Pero, de pronto, salta de la platea un milico criollazo, que no puede permitir una muerte a traición, y yendo al escenario saca una enorme daga y ataca a la partida, furioso, enajenado, mientras grita revoleando su fierro: "¡Ansí no se mata a un hombre!... ¡Qué se han cráido!... ¡Canejo!" Y un número fuera de programa alargó el espectáculo, para tratar de convencer a aquel gaucho soldado de que eso no era cierto, de que el muerto vivía y de que aquel sargento traicionero era un modesto padre de familia, buenazo y caballero, incapaz de la acción que la farsa creaba.

Allá por Chivilcoy, el 10 de abril de 1886, el Circo Podestá-Scotti estrena el "Moreira" hablado, con diálogos, así "a soggetto", entregando a la obra otras alternativas y creando-ya en forma indubitable-un teatro nacional, con personajes nuestros y con asuntos nuestros.

El pueblo, que sabe siempre lo que quiere, aplaudió y se hizo eco de aquella novedad que le pertenecía, entera, dulcemente.

Desfilan barracones, circos y politeamas a lo largo y lo ancho de toda nuestra patria, acogiendo gozosos una muestra que, si burda, tenía la buena fe de ser teatro argentino.

Junto a estas viejas cosas que adquieren con el tiempo un sabor de leyenda, emergen poco a poco escritores que huelen la verdad que se vislumbra.

Tal vez Elias Regules, médico y escritor, se acerque con tres obras teatrales que afirman lo real de un teatro rioplatense: "Martín Fierro", "El Entenao", "Los Guachitos".

Y más acá, Abdón Aróztegui, con su obra "Julián Jiménez"; Orosmán Moratorio, autor de "Juan Soldao"; y "Ña Toribia"; Víctor Pérez Pétit, autor de "Cobarde" y "Las tributaciones de un criollo"; Agustín Fontanella y Enrique Demaría; y García Velloso, Ezequiel Soria, Castellanos, Laferrere y Nicolás Granada; y Mariano Galé y decenas de nombres que anudan la farándula que nos lleva hasta las mismas luces nocherniegas del célebre rincón de Buenos Aires que fue el Café de los Inmortales.

Emplazado en el corazón de la "Calle Sin Sueno", el Café de los Inmortales, como lo bautizó Carriego, fue la fragua donde se templaron los talentos románticos de comienzos de siglo.

 

La expresión de lo argentino

Corbatas voladoras y sombreros aludos como sombras aderezan la historia de una literatura que empezaba a mirarse hacia adentro para hallar la expresión de lo argentino.

Estaban bien el genio de Darío y aquellas borracheras de Charles de Soussens, y todos los conflictos lírico-filosóficos que proponían Verlaine o Beaudelaire. O problemas exóticos que venían desde allá, en los obscuros dramas de Dostoiewsky, o en la densa trama de Víctor Hugo o de Emilio Zola. Pero había un sarampión creador, genuinamente nuestro, que armonizó las voces de Evaristo Carriego, mirando a la verdad aquella de su calle y su barrio de Belgrano.

En una mesa pobre soñaba un oriental de cabellos hirsutos, caídos en mechones sobre la frente pálida. Con los botines sucios, desgarbado, orgulloso, ausente de los. hombres, escribía sobre formularios de telegrama. Era. un bohemio, bohemio hasta la médula: Florencio Sánchez.

Y tal vez Monteavaro y Martínez Cuitiño, con Edmundo Montagne, hablando de problemas metafísicos frente a un cafecito que don León, el dueño, les servía. sin esperanzas de que se lo pagaran...

Alguna vez entraba un talento tremendo que era José Ingenieros, y acaso Leopoldo Lugones, promoviéndose a los altos estrados de la fama, saludara de afuera, apresuradamente...

Mi padre, que era flaco y melenudo, sostenía sus. problemas sociales frente a Alberto Ghiraldo, que se vestía de obscuro y estaba siempre pálido detrás de sus bigotes retorcidos de espadachín francés...

El teatro ya era un hecho.

Don Martín Coronado había estrenado "La piedra del escándalo", y el éxito ya asomaba con su sabor a. fama y a pesos. Pocos pesos, es verdad, pero que acreditaban, promoviéndola, a una profesión funambulesca. Escribir y cobrar, una utopía que llegaba a las manos de locos muchachones soñadores.

 

Una tradición que nos viene de lejos

Y entraban los actores, estrellas rutilantes y admiradas de aquellos viejos días, que tenían devoción por su arte y, acaso, también, la obligación de responder a lo tradicional del oficio en la Patria. Porque hay una tradición que nos viene de lejos, junto a Casacuberta, que se murió en la escena, deshecho el corazón por una farsa que sentía en lo hondo. Y Abelardo de Lastra, que se durmió en su ley, junto a las candilejas...

Sobre este clima hondo, tenso de humo, oliendo a café, caminaba soñando nuestro Pablo.

De Pablo Podestá, con sus arranques, con su fuerza; dulce, irascible, amador incansable, fervoroso, intuitivo, falta hacer una historia. En teatro, en cine, en libro, yo no sé; pero falta.

Su genial intuición tenía a veces la tensa vibración del paroxismo. Con el rostro ceñudo, hosco, y la voz grave, convincente, ardorosa, tenía la dulzura que a veces también se le escapaba por los ojos... No sé sí la locura, que estaba agazapada en un rincón, hacía lo demás, pero recuerdo que, siendo pequeño, me quedé impresionado para siempre oyendo su papel en "La Montaña de las Brujas", de Julio Sánchez Gardel.

Por entonces, Angelina Pagano era una jovencita que traía de Italia la escuela de Eleonora Duse, para volcar al teatro argentino, apenas comenzado, la madurez de un arte que tenía ortodoxia y calidad mundial...

Enrique Muiño, nuestro adorable Muiño, era un joven fogoso, hablador entusiasta, que se llevaba todo por delante con la enorme fluidez de su talento y sus veinte años llenos de optimismo. También Elias Alippi, pequeñito, reservado, bailarín y Don Juan, que volcaba en el teatro su energía indomable...

Desfilaban las voces de Vittone y Segundo Pomar... Y Alberto Ballerini...

Orfilia Rico, gigantesca en sus cosas, ya se iba preparando para la celebridad, cuando Camila era aún una niña...

Y Pierina Dealessi, la mujercita suave y soñadora, anunciando promesas que llegaron un día. Tal vez por el barrio del Abasto jugueteara en las calles, con su "ventriloquia", Cassaux, el Roberto Cassaux de las caricaturas admirables... Y Marito Danesi, un muchachón imberbe que se llevaba el arte por delante... Y Parra, despampanante, único, que equivocó su senda en un género frívolo, acaso estuviera haciendo de las suyas - ¡las cosas de este Parra! - en algún tiro al blanco del misterio... Y Rosita Cata, con tantas otras... Este era un mundo así, que se enredaba en las noches románticas de la calle Corrientes, de la calle sin sueño, con entrada y salida al célebre Café de los Inmortales.

El trampolín del teatro promovía a escritores, y eran muchos artistas, y la calle, la calle con su gente y sus cosas, reflejaba su espíritu entre las bambalinas, con pobres decorados y una esperanza puesta en el futuro...
Pero la Vida es ciega como la misma Muerte.

Y la Muerte, en su función de Vida, fue birlando las cosas, escamoteando nombres, borrando situaciones...

El teatro es un espejo que refleja el paisaje por una ventanita. Este paisaje nuestro empezó a reflejarse hace ya medio siglo, con tipos y costumbres que hacían el sainete ciudadano, o aquel drama gauchesco, o la comedia urbana, con tipos de una vida, pero nuestra...

Las nuevas promociones han olvidado un poco o no conocen la verdad de una escena nacional primitiva que tuvo su eclosión y que murió en sazón... sin madurar del todo...

De aquellos personajes quedan pocos. Ya van siendo los menos. Y esta tarde movemos la tramoya, y este dulce escenario de una casa que es nuestra hasta el cogollo, realiza un sortilegio... Se enciende alguna luz tras la cortina. Una calle aparece. Detrás de los telones esta esperando alguien, que realiza su salto desde un ayer que parece remoto pero que está en las manos, todavía... Viene de una escotilla del pasado y es nada menos que Muiño. ¡Enrique Muiño!... Muchacho de otro tiempo, soñador de otro tiempo, que se proyecta aquí como un milagro... Pongamos nuestros ojos en un paisaje antiguo. Traslademos la mente hacia el Teatro Argentino y digamos la fecha: 1904...

Un malevo: Mamerto, con una cachiporra... Otro malevo: El Rana, visteador de cuchilla... Un compadre: El Churrinche, que reluce el revólver lustroso, empavonado. .. un lujo de ese entonces.... Y Petrona: la grela que vivió en esa esquina, cincuenta años atrás... ¡Pucha digo con la piba que se ha vuelto desdeñosa!..-.

Entremés: "Entre bueyes no hay cornadas".
(Ilustración escénica)

Fue el cuadro pintoresco de un entremés lunfardo, ya muy viejo; pero que, sin embargo, puede sentirse fresco en la gracia, el ingenio y el idioma salido de la calle. El verdadero. El nuestro.

Junto a Muiño, gloriosa permanencia del actor de ese entonces - señor primer actor de nuestra escena --, actuó la gente joven de un teatro que ahora más que nunca ha encontrado el camino.

Rene Cossa, Alba Solís y Néstor Ferraro, que - ¡y de eso estoy seguro! - se sienten orgullosos de encontrarse presentes junto al viejo maestro de la escena vernácula.

No puedo silenciar el esfuerzo de aprenderse el "sketch" en cuatro días, ni el ánimo voluntarioso, alegre, generoso, de Román Viñole Barreto, el director que ha puesto toda el alma en estos diez minutos de revisión histórica del sainete porteño.

Este fue el arte de antes, el que miraba atento hacia la calle, para mostrar las cosas de la calle.

Se nos podrá decir "que el lenguaje", "que las situaciones", "que esto" y "que lo otro".

No importa.

Era una realidad que tenía buena fe, y que tenía también "su posición" de búsqueda. Su deseo de hallar una escena argentina, como la poesía y la verdad de Hernández, que encontró a Martín Fierro, y Evaristo Carriego a la costurerita que diera aquel mal paso.

Están, pues, ya planteadas -junto a un racimo generoso de actores- las distintas facetas de la vida común: la gauchesca, la suburbana, y la otra babélica, heterogénea, que baraja los tipos de la ciudad cartaginesa y apurada, con la comedia fina y con todos los hombres de muchas latitudes que forman la simbiosis del argentino actual: nuestro tipo sui géneris, el porteño de la calle Corrientes y Esmeralda, que alguna vez estuvo solo y esperaba...

El teatro, en su camino, fue amontonando fórmulas y fue perfeccionándose. El dramaturgo nuestro aprendió su "metier" y fue sumando nombres a los viejos: Aquino, Mertens, Berrutti, Goicochea, Novión, Pacheco, Malfattí, Collazo, Saldías, Caraballo, Pedro E. Pico, Discépolo... Su número es muy largo. Su valor es muy denso.

Hace más de 20 años hubo un teatro de tesis, con tesis argentinas, que promovió polémicas y encendió discusiones aun en los propios cuerpos legislativos del Estado.

Pero la gente no va al teatro a pensar. Va a divertirse. Y este impulso pasó, y la escena del pueblo se reencontró a sí misma, riéndose en el sainete de sus propios defectos.

Hay un nombre que llena todo un ciclo: Alberto Vacarezza.

El sainete de Alberto Vacarezza tiene la fuerza misma de su autor, observador genial de la gente modesta de los inquilinatos que -hasta hace poco tiempo - proliferaban por toda la ciudad.
El turco, el italiano, el alemán, el ruso, el compadrito, entraron a la vida sonriente de sus versos y de su dramaturgia, pasando por sus ojos siempre alerta su dramaturgia, pasando por sus ojos siempre alerta de muchachón de barrio.
Y un barrio: Villa Crespo. Y toda una existencia de verdades vitales, con esa displicencia del que toma una caña en un boliche estañero, junto al curda que llora la mamúa noctámbula.

Vacarezza, creador de una forma de teatro que es suya y sólo suya, es el dueño de versos que - alguna vez- habrán de entrar en las antologías ciudadanas:

Era una, paica papusa,
retrechera y rantifusa
que aguantaba la marrusa
sin protestas y hasta el fin,
y era un garabo discreto,
verseador y analfabeto
que trataba con respeto
a la dueña del bulín...

Sus versos, como sus escenas, como sus diálogos, tienen una dificilísima facilidad, que sólo puede hallarse cuando se hurga hondo en el limo viviente de la calle.

Un fenómeno universal, allá por 1927, gravitó en Buenos Aires, bajándole la "prima" a un teatro nacional en progresión.

Este fenómeno tiene un nombre requeteconocido: es el cine sonoro.

Y junto al empresario, cuidador del negocio antes que nada, comenzaron a ralear escenarios, transformados en cines, que - ¡claro! -resultaban veneros mucho más productivos y menos complicados. Así empieza la crisis del artista.

Y entonces sigue el éxodo, que a veces es la miseria. Los que pueden armarse compañías se encaminan al "bosque", buscando la clásica "rascada", que no siempre - entendámoslo bien - ayuda a pucherear.

Y en ese deambular incesante del tiempo, la novedad del cine se atempera, se cumple la parábola y en su nueva ascendente el teatro resurge con renovados bríos, porque el público empieza a regresar a sus viejos amores. Pero ya hay menos salas. Muchas menos...

Y tras de esto, la bola que faltaba: un afán exitista que asegure con sucesos notorios las taquillas de cada temporada. Para ello, nada más cómodo que transportar las obras ya probadas en Londres, en París, en Roma, en Nueva York. Es muy fácil. Un traductor, un convenio privado, ¡y la escena argentina que reviente!

Es la verdad tremenda, pero que hay que encarar valientemente.

El traductor -que es también comediógrafo, o a veces se improvisa - es el hijo del menor esfuerzo. El no habla, él repite, pero repite mal.

Un antiguo adagio italiano refirma con su juego de palabras lo cierto de este aserto: "Traduttore, traditore". Y nada lo desmiente.

Si el teatro es un reflejo de la gente, del paisaje, del alma, debemos reflejar lo que miramos, lo que está a nuestro alcance y que nos duele o nos hace reír.

El obscuro problema de un ruso de Siberia es problema en Siberia, pero no en la Argentina. Las taras de los hermanos Karamazoff están bien en Moscú, pero no en Chivilcoy.

Y la frágil "mujer del panadero" es problema francés, que desechamos en nuestra casa criolla, donde nuestra mujer es -antes que nada- una leal mujer que respetamos y también nos respeta.

"Le cocu magnifique" puede tener su gracia, pero allá. Aquí no la queremos.

 

Aplicación directa de un teatro nacional

Un turbio mare mágnum de traducciones ha ocupado los teatros, desplazando las obras de los autores criollos. Desde Moliére a Ibsen, desfilaron las voces de todas las culturas y de todas las lenguas y de todas las épocas, sumiendo en una espera que es casi angustiosa al dramaturgo nuestro. Y es la pura verdad.

Pero de pronto - ¡alabado sea Dios!... - se despeja la niebla, y empieza en el Teatro Discépolo - bajo la dirección de la Subsecretaría de Informaciones de la Presidencia de la Nación - la aplicación directa de un teatro nacional con verdad argentina. Y el pueblo, que sabe lo que quiere, le contesta que sí, y aplaude en "El Patio de la Morocha" el primer paso firme del 2° Plan Quinquenal del general Perón.

No importa que la obra sea mala. Pero Pichuco es bueno, el teatro está vestido y hay algo de la calle que ha entrado al escenario, de nuevo, como entonces, por la puerta del éxito.

El Teatro General San Martín, por su parte, hace la revisión del género chico, y con "Los disfrazados" se suma a esta corriente que esperábamos todos, porque es corriente nuestra y estaba haciendo falta.

Desde aquí, desde ésta casa nuestra, que pone como miel en nuestros corazones, porque está el espíritu de Ella, los muchachos actores y las actrices criollas se acercan a Perón, y Perón oye. Y cuando Perón oye sabe oír, y su cerebro piensa y su mano maneja.

¿Teatros para la escena criolla?... Ni una palabra más. Van cinco teatros...

Cinco teatros que llegarán a suplir los olvidos y a restañar las penas de los que suspiraban por tenerlos. Escenas argentinas y tablados argentinos para obras argentinas y autores argentinos, que exhumarán lo viejo y escribirán lo nuevo con la misma alegría que tendría, seguramente, el viejo Podestá haciendo "Juan Moreira", allá en el circo pobre, de lona remendada, cuando el gringo Raffetto salía al picadero diciendo: "Se sospende la tromienta perqué viene una fonción de la gran siete..."

Y acaso para reivindicar aquella dolorosa pobreza de los padres de la escena vernácula, el Teatro General San Martín ha de ser uno de los teatros más hermosos del mundo y ha de crearse, para los niños nuestros, un circo sin parangón posible en todo el orbe, donde nuestro Intendente le deja paso libre al arquitecto, y el general Perón le deja paso libre al niño bueno que tiene dentro suyo, en estas cosas nuestras, de la Patria, del pueblo, del amor a los hombres, al bien, a la justicia...

El artista argentino ya tiene piedra libre. Son suyos los caminos de la Patria, con hoteles baratos, sin impuestos, con pasajes al alcance de todos, gritándole a los vientos de la tierra desde el tren que lo lleva: "Si Perón no existiera, habría que inventarlo".

Cátulo Castillo

Buenos Aires, 9 de noviembre de 1953

En este número:

Portada del Nro. 7
por  El Escarmiento
La renovación del gabinete y alrededores se impone como principio de solución
por Domingo Arcomano
Argentina, al este de Java
por Santiago Mallorca
Keynes
por  El Escarmiento
Mirtha Legrand ya no vende fantasías
por Abel Posadas
Un teatro argentino para la nueva argentina
por  El Escarmiento
"El debate Zaffaroni-Pitrola - La criminalización de la protesta social"
por Domingo Arcomano
Coronel Federico A. Gentiluomo
por Domingo Arcomano
Reseña biográfica del Coronel Federico A, Gentiluomo
por Estela Alicia Gentiluomo de Lagier
Coronel Federico A. Gentiluomo
por  El Escarmiento
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