"Y aquellos que pervirtieron la voluntad del pueblo fueron puestos de rodillas, maniatados y sometidos por la fuerza..."

Codex Supliccium, III-24
 
 

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Domingo Arcomano 


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Año II, Volumen 6 - Mayo de 2008  
COMENTARIO DE LIBROS
por Eduardo Romano

 

Los peligros de la confusión

Hace un par de días leí, con interés, Soledad de mis pesares (Crónica de un despojo), que editara la Corporación del Sur en 2007. El interés que suponía una versión desde las filas nacionalistas y contrario, por tanto, a la marea desmalvinizadora que debimos sufrir a partir de 1983 o, mejor aún, desde el retorno sin gloria de muchos de los heroicos combatientes contra los ingleses, por la recuperación del archipiélago argentino, fueran ellos soldados, suboficiales u oficiales.

Es cierto que las fuerzas armadas iniciaron esa reivindicación histórica contra la usurpación realizada allá por 1833 sin la preparación suficiente, sin un plan bélico, como José Muñoz Aspiri (h) lo señala documentadamente, y como lo comprueban el texto del almirante inglés Harry Train sobre los hechos o las entrevistas al brigadier Insúa y al coronel César Díaz, que también incluye en su trabajo.

La recuperación de 1982 fue emprendida como una aventura que podía salvar el creciente desprestigio de la Junta militar (des)gobernante, sin medir demasiado sus posibles consecuencias internas y externas. Creyendo, muy ingenuamente, que su subordinación a los planes de agresión colonialista en otras regiones de América les aseguraría la indiferencia o incluso la anuencia de Estados Unidos ante semejante decisión.

El apoyo de una Plaza de Mayo llena no es suficiente -ya lo hemos comprobado en diversas ocasiones- prueba de respaldo popular mayoritario. Y los actos de honor requieren personas honestas. Una autoridad militar que había emprendido la lucha antisubversiva como terrorismo de Estado, eliminado cientos de inocentes que no eran combatientes ni partidarios de los grupos armados y sí miembros de agrupaciones populares que soñaban con una Argentina independiente, justa y soberana, carecían de toda autoridad moral para llevar a cabo la empresa.

Lo cual no le resta valor a quienes dieron sus vidas en cada combate, aunque obedecieran órdenes de una superioridad corrupta. ¿O qué nombre les damos a quienes, amparados en los operativos contra la guerrilla, aprovechaban para librarse personas que les molestaban, sea para sus negocios y negociados, sea para sus ambiciones personales de toda laya y, de paso, robaban a discreción todo lo que encontraban a su paso, secuestraban niños o regalaban bebés que habían nacido en cautiverio?

Los nacionalistas creyeron siempre, equivocados o no, que los soldados de la patria eran un recaudo frente a las debilidades de los civiles. A partir del onganiato y la sujeción a los dictados externos de la mal llamada Seguridad Nacional, mientas se regalaba el ahorro del trabajo interno a la voracidad de las empresas multinacionales con ministros que eran empleados de esas mismas empresas, como Krieger Vassena, aquellos soldados patriotas fueron desapareciendo. Su expulsión del ejército había comenzado, en masa, luego de golpe de 1955, continuó sistemáticamente y se completó en 1980, cuando dieron de baja al ya reducidísimo grupo de los que todavía mantenían una conciencia nacional enfrentada al Proceso y a los planes económicos de José Martínez de Hoz.

La institución, como casi todas las anteriormente integradoras de un país periférico que pretendía dejar de serlo, se sumaron al proyecto de internacionalización que en los últimos tiempos prefiere denominarse mundo global y que acatan muchos pseudorevolucionarios de ayer, disfrazados de neoliberales. Por lo menos desde 1983 para acá, desde su sarampión alfonsinista, cuando guardaron su perorata marxistoide en un arcón y convirtieron y eliminaron el término“nacional” del diccionario, amparándose en teóricos como Benedith Anderson y tratando de vender la modernización como sinónimo de total desarraigo.

La farsa menemista puso la ficha que faltaba con el desmantelamiento de lo que el peronismo había avanzado, en el pasado, respecto de la recuperación de nuestra soberanía, liquidando empresas estatales a precio de saldo, privatizando, desregularizando, sembrando la desocupación y el cierre de fuentes de trabajo, con la ayuda de los Alsogaray, una familia que los argentinos sabían eran sinónimo de apertura irrestricta y desigual a los mercados mundiales. Si Alvaro propiciaba ayer “pasar el invierno” con hambre, su hija María Julia, en la década de 1980, se sacaba fotos semidesnuda, como si todo el año fuera verano. El verano de los sobresueldos, la pizza con champaña y los cargos de funcionaria ejercidos venalmente.

Todo esto acompaña la agudización de un capitalismo periférico y mafioso, cuya decadencia ignoramos hasta dónde nos llevará. Ese régimen intenta también, para consolidarse, controlar y hegemoneizar los medios de difusión y de entretenimiento, pero no lo consigue. Aquí reside una de mis mayores disidencias con el planteo del autor, para el cual los medios transmiten “un pensamiento único que marcha en contra de las conquistas éticas de la humanidad y carece de nivel crítico” (170) y sus mensajes nada tienen en común con la cultura popular, “la verdadera creación popular” que “se desarrolla de abajo hacia arriba” (171).

Esto lo sostuvo y sigue sosteniendo el pensamiento liberal, desde la escuela de Frankfurt hasta Homo Videns. La sociedad teledirigida de Giovanni Sartori, para citar dos hitos, entre muchos, lo cual parecería indicarnos que el nacionalismo no tiene una postura propia al respecto. Sin embargo la tiene, pero es tan nostálgica y anacrónica como la de sus adversarios. Estos lloran sobre el racionalismo dieciochesco y las divisiones rigurosas entre letrados e iletrados que se han perdido; aquéllos sobre “todos los valores” tradicionales, que para ellos son sobre todo religiosos, católicos, y de larga data, se remontan a la Edad Media y a las comunidades preurbanas.

Mientras tanto, el mundo se ha transformado y los pueblos, en especial los latinoamericanos, sólo podrán salir de su postración hacia adelante, tampoco volviendo a las boleadoras o al folklore prehispánico. En los medios, y pese a la puja homogeinizadora, sobreviven usos, costumbres y gustos que configuramos y conservamos como sujetos históricos, una manera peculiar de reír y de llorar de la que no pueden despojarnos, aunque por supuesto les gustaría. Entre otras cosas, porque si todo el mundo consumiera lo mismo, la producción se les abarataría y el control internacional aumentaría considerablemente.

Renegar de nuestros cómicos, del melodrama incluido en las telenovelas, de los programas de entretenimiento que no traducimos ni copiamos –entre muchos que no son sino réplicas baratas-, de la música propia (de la zamba o el tango a la cumbia villera), de las pasiones deportivas como las vivimos en nuestra piel y de los numerosos espacios radiofónicos o televisivos dedicados a la ficción, con criterios y problemas vernáculos, es convertirnos en cómplices de liberales y neoliberales, quienes desprecian todo eso.

Creer que existe un ser nacional estático, fosilizado, cuando el existir nacional y popular no apunta a ninguna entelequia, sino al resultado de unas prácticas que, por supuesto, exceden los productos o géneros mediáticos, pero que también encuentran en ellos, a veces de manera muy sesgada y difícil de reconocer, porque está en los intersticios, su forma de aparición y supervivencia, equivale a reconocer el triunfo del enemigo. Querer recuperar algo que quedó atrás, que “ya fue” –como dicen bien los adolescentes- , y no saber o poder interpretar lo que está pasando. Para decirlo con una fórmula que usé en muchas otras ocasiones, nuestra cultura viva es lo que hacemos a partir de lo que nos hicieron y deshicieron, una suerte de bricolage de fragmentos dispersos y heteróclitos, como las viviendas precarias de los más pobres. Pero es el punto de partida de cualquier resistencia, por insignificante que parezca.

 

Una alentadora colección de poesía.

Es la que presentaron a fines del año pasado y en la reciente Feria del Libro, su promotor, Carlos Juárez Aldazábal, y un grupo de jóvenes autores dispuestos a secundarlo: Juan Carlos Bustriazo Ortiz (Elegías de la piedra que canta), Tomás Watkins (26), Sergio de Matteo (Diario de navegación), Dante Sepúlveda (Poema en veinte vinos), Emiliano Bustos (Cheetah), Rodrigo Galarza (Parque de destrucciones). Lo alentador de este repertorio es que no responde a una sola y unificada poética, que se permite –a diferencia de lo que impera en nuestro medio y en el género- reunir voces de diferente orientación e incluso la de provincianos con porteños.

Dado el espacio, me voy a limitar a tres de los libros que integraron ese lanzamiento: El caserío del salteño Juárez Aldazábal y dos títulos que revelan otra faceta de la amplitud elegida para la colección. Por una parte, la reedición de Penúltimo poema del fútbol (1924) del santiagueño Bernardo Canal Feijoo; por otra, la reunión de poemas fechados entre 1953 y la actualidad del conocido semiólogo Oscar Steimberg, un poeta de larga trayectoria. Además, la serie se denomina El suri porfiado, es decir con un sustantivo que alude al animal (ñandú en quechua) que, junto con la serpiente y el cóndor, más reaparece en nuestro arte autóctono; y con un adjetivo que parece apuntar a la persistencia de la poesía en tiempos más que despoetizados.

En El caserío, el joven (no llega a los 40) poeta salteño, quien viene publicando desde 1999, reúne la sección de ese título con Epopeya trunca y Otros poemas. En la primera, domina un ritmo sostenido –aunque no exclusivo- de heptasílabos ( a veces duplicados en alejandrinos) y endecasílabos para narrar lo que comienza como epopeya (“Llegamos del Perú” el que habla, su hermano y familiares), la construcción de un caserío (1 y 2) que un terremoto destruye: “Solo quedó una cuna” (3). Los restantes (4-7) hablan de la tenacidad del niño (sinécdoque de “cuna”), de la imposibilidad de recuperar lo que fue, hasta el punto de poner en duda el pasado (“¿Llegaron del Perú”?), y también el futuro, porque el niño ya es “un muerto” atareado con “una pared que se levanta cada día/ y cada día empieza a derruirse”.

Creo que Epopeya trunca reescribe una historia similar pero despojada de hilos conductores y fragmentaria, sin abandonar la preponderancia del mismo tipo de versos. Y que lo hace desde esta certeza: “nadie recordará que la historia es un brillo,/ una mirada puesta en un reflejo”. Otros poemas despliegan tópicos diversos y por eso tal vez aquellos metros dominantes tienden a dispersarse. Apela a referentes cotidianos (Mate, Mito, Baldosa) o emplea el título de cada texto como un verdadero disparador del sentido (Lecturas, Paracaídas, Minimalismo) y, en ocasiones, se apoya en cantantes, músicos, directores de cine o lugares conocidos, para metaforizarlos a gusto: Variaciones sobre un tema de Piazzolla, Goyeneche, Una película de Repstein, Mariposa en el súper.

En un Pretexto de tono macedoniano, Steimberg habla de su inicación poética y de las primeras respuestas que recibiera por versos enviados a las redacciones de los diarios o a poetas que admiraba, como Ricardo Luis Molinari. Lo cual no le impide intercalar opiniones que valen por toda una poética: “Agradezcamos la posibilidad de seguir apostando a la imprevisibiliad del poema ventríluoco, que buscamos para que nos dé la voz”.

La reescritura de frases y lugares comunes, de sonetos famosos, como el que titula humorísticamente “Lee a Gracilaso y halla que no todo lo muda la edad ligera”, convive con la irónica parodia a que puede someter el mito, en Versos de madre, donde se atreve a escribir: “Mi madre creía en los Enemigos./ Era una creencia paranoica./ La noche en que la velaron,/ sólo se habló mal de ella…”. Todo lo cual desemboca en una sutil reflexión poética sobre el poder, en el extenso poema titulado Majestad.

Canal Feijóo, muerto en 1982, es recordado y leído sobre todo como ensayista, pero también incursionó por la escena y publicó varios poemarios. El que reeditan aquí, mesturado con prosa poética y prologado por Juárez Aldazábal, es una prueba más de cómo las vanguardias desmitificaron prejuicios acerca del cuerpo en la década del 20. Es que en la dinámica del deporte veían un signo de modernidad, ejercitado con ironía y humorismo: “Está ya dicho que en el principio fue la acción, no el verbo –y hay que agregar: que la acción inicial fue indudablemente la patada, según se induce del modo como andan las cosas”.

Jugadas, participantes, reacciones de la multitud, conforman una suerte de resacralización o de ritual en el que las masas urbanas encuentran sentido a su cotidianeidad. Y esta perspectiva avala argumentos utilizados en el comentario anterior porque ya en esa época el deporte –es decir, la inteligencia corporal- exacerbaba el dualismo de los espiritualistas.

Un año antes, en septiembre de 1923, la expectativa popular en torno a la pelea entre el “toro salvaje de las pampas” y el estadounidense Jack Dempsey disimulaba apenas una confrontación alegórica con el país que era ya más que un peligro para el resto del continente, como en esa misma década lo advertiría Manuel Ugarte durante su gira antiyanqui. Pero el artículo “La industria del puño” en La Vanguardia, periódico oficial del partido socialista, sólo veía ahí “la explotación de las pasiones primarias, el interés o el simple instinto” sin cerebro.

Eso explica asimismo por qué el término vanguardias vale más allá de las meras innovaciones formales. Los escritores vanguardistas no querían aislarse de la velocidad de su época, como lo hacían todos aquellos que se aferraban al pasado, y encontraban maneras de registrar verbalmente los cambios que estaban viviendo. Es claro que el futurista Marinetti sólo exaltaba los nuevos poderes de la máquina y Canal Feijoo, en este reconfortante librito, fue capaz de avisorar en el fútbol, los jugadores y su público, los signos de una fe naciente y profana.

 
 
En este número:

Portada del Nro. 6
por  El Escarmiento
Balance de un lustro
por Domingo Arcomano
Quema de pastizales y cortina de humo
por Claudio Bertonatti
El flagelo de las retenciones
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Cómo llenar el plato o La fuga 1 y 2
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