Los peligros de la confusión
Hace un par de días leí, con interés, Soledad
de mis pesares (Crónica de un despojo), que editara
la Corporación del Sur en 2007. El interés que suponía
una versión desde las filas nacionalistas y contrario, por
tanto, a la marea desmalvinizadora que debimos sufrir a partir de
1983 o, mejor aún, desde el retorno sin gloria de muchos
de los heroicos combatientes contra los ingleses, por la recuperación
del archipiélago argentino, fueran ellos soldados, suboficiales
u oficiales.
Es cierto que las fuerzas armadas iniciaron esa reivindicación
histórica contra la usurpación realizada allá
por 1833 sin la preparación suficiente, sin un plan bélico,
como José Muñoz Aspiri (h) lo señala documentadamente,
y como lo comprueban el texto del almirante inglés Harry
Train sobre los hechos o las entrevistas al brigadier Insúa
y al coronel César Díaz, que también incluye
en su trabajo.
La recuperación de 1982 fue emprendida como una aventura
que podía salvar el creciente desprestigio de la Junta militar
(des)gobernante, sin medir demasiado sus posibles consecuencias
internas y externas. Creyendo, muy ingenuamente, que su subordinación
a los planes de agresión colonialista en otras regiones de
América les aseguraría la indiferencia o incluso la
anuencia de Estados Unidos ante semejante decisión.
El apoyo de una Plaza de Mayo llena no es suficiente -ya lo hemos
comprobado en diversas ocasiones- prueba de respaldo popular mayoritario.
Y los actos de honor requieren personas honestas. Una autoridad
militar que había emprendido la lucha antisubversiva como
terrorismo de Estado, eliminado cientos de inocentes que no eran
combatientes ni partidarios de los grupos armados y sí miembros
de agrupaciones populares que soñaban con una Argentina independiente,
justa y soberana, carecían de toda autoridad moral para llevar
a cabo la empresa.
Lo cual no le resta valor a quienes dieron sus vidas en cada combate,
aunque obedecieran órdenes de una superioridad corrupta.
¿O qué nombre les damos a quienes, amparados en los
operativos contra la guerrilla, aprovechaban para librarse personas
que les molestaban, sea para sus negocios y negociados, sea para
sus ambiciones personales de toda laya y, de paso, robaban a discreción
todo lo que encontraban a su paso, secuestraban niños o regalaban
bebés que habían nacido en cautiverio?
Los nacionalistas creyeron siempre, equivocados o no, que los
soldados de la patria eran un recaudo frente a las debilidades de
los civiles. A partir del onganiato y la sujeción a los dictados
externos de la mal llamada Seguridad Nacional, mientas se regalaba
el ahorro del trabajo interno a la voracidad de las empresas multinacionales
con ministros que eran empleados de esas mismas empresas, como Krieger
Vassena, aquellos soldados patriotas fueron desapareciendo. Su expulsión
del ejército había comenzado, en masa, luego de golpe
de 1955, continuó sistemáticamente y se completó
en 1980, cuando dieron de baja al ya reducidísimo grupo de
los que todavía mantenían una conciencia nacional
enfrentada al Proceso y a los planes económicos de José
Martínez de Hoz.
La institución, como casi todas las anteriormente integradoras
de un país periférico que pretendía dejar de
serlo, se sumaron al proyecto de internacionalización que
en los últimos tiempos prefiere denominarse mundo global
y que acatan muchos pseudorevolucionarios de ayer, disfrazados de
neoliberales. Por lo menos desde 1983 para acá, desde su
sarampión alfonsinista, cuando guardaron su perorata marxistoide
en un arcón y convirtieron y eliminaron el término“nacional”
del diccionario, amparándose en teóricos como Benedith
Anderson y tratando de vender la modernización como sinónimo
de total desarraigo.
La farsa menemista puso la ficha que faltaba con el desmantelamiento
de lo que el peronismo había avanzado, en el pasado, respecto
de la recuperación de nuestra soberanía, liquidando
empresas estatales a precio de saldo, privatizando, desregularizando,
sembrando la desocupación y el cierre de fuentes de trabajo,
con la ayuda de los Alsogaray, una familia que los argentinos sabían
eran sinónimo de apertura irrestricta y desigual a los mercados
mundiales. Si Alvaro propiciaba ayer “pasar el invierno”
con hambre, su hija María Julia, en la década de 1980,
se sacaba fotos semidesnuda, como si todo el año fuera verano.
El verano de los sobresueldos, la pizza con champaña y los
cargos de funcionaria ejercidos venalmente.
Todo esto acompaña la agudización de un capitalismo
periférico y mafioso, cuya decadencia ignoramos hasta dónde
nos llevará. Ese régimen intenta también, para
consolidarse, controlar y hegemoneizar los medios de difusión
y de entretenimiento, pero no lo consigue. Aquí reside una
de mis mayores disidencias con el planteo del autor, para el cual
los medios transmiten “un pensamiento único que marcha
en contra de las conquistas éticas de la humanidad y carece
de nivel crítico” (170) y sus mensajes nada tienen
en común con la cultura popular, “la verdadera creación
popular” que “se desarrolla de abajo hacia arriba”
(171).
Esto lo sostuvo y sigue sosteniendo el pensamiento liberal, desde
la escuela de Frankfurt hasta Homo Videns. La sociedad
teledirigida de Giovanni Sartori, para citar dos hitos, entre
muchos, lo cual parecería indicarnos que el nacionalismo
no tiene una postura propia al respecto. Sin embargo la tiene, pero
es tan nostálgica y anacrónica como la de sus adversarios.
Estos lloran sobre el racionalismo dieciochesco y las divisiones
rigurosas entre letrados e iletrados que se han perdido; aquéllos
sobre “todos los valores” tradicionales, que para ellos
son sobre todo religiosos, católicos, y de larga data, se
remontan a la Edad Media y a las comunidades preurbanas.
Mientras tanto, el mundo se ha transformado y los pueblos, en
especial los latinoamericanos, sólo podrán salir de
su postración hacia adelante, tampoco volviendo a las boleadoras
o al folklore prehispánico. En los medios, y pese a la puja
homogeinizadora, sobreviven usos, costumbres y gustos que configuramos
y conservamos como sujetos históricos, una manera peculiar
de reír y de llorar de la que no pueden despojarnos, aunque
por supuesto les gustaría. Entre otras cosas, porque si todo
el mundo consumiera lo mismo, la producción se les abarataría
y el control internacional aumentaría considerablemente.
Renegar de nuestros cómicos, del melodrama incluido en
las telenovelas, de los programas de entretenimiento que no traducimos
ni copiamos –entre muchos que no son sino réplicas
baratas-, de la música propia (de la zamba o el tango a la
cumbia villera), de las pasiones deportivas como las vivimos en
nuestra piel y de los numerosos espacios radiofónicos o televisivos
dedicados a la ficción, con criterios y problemas vernáculos,
es convertirnos en cómplices de liberales y neoliberales,
quienes desprecian todo eso.
Creer que existe un ser nacional estático, fosilizado,
cuando el existir nacional y popular no apunta a ninguna
entelequia, sino al resultado de unas prácticas que, por
supuesto, exceden los productos o géneros mediáticos,
pero que también encuentran en ellos, a veces de manera muy
sesgada y difícil de reconocer, porque está en los
intersticios, su forma de aparición y supervivencia, equivale
a reconocer el triunfo del enemigo. Querer recuperar algo que quedó
atrás, que “ya fue” –como dicen bien los
adolescentes- , y no saber o poder interpretar lo que está
pasando. Para decirlo con una fórmula que usé en muchas
otras ocasiones, nuestra cultura viva es lo que hacemos a partir
de lo que nos hicieron y deshicieron, una suerte de bricolage
de fragmentos dispersos y heteróclitos, como las viviendas
precarias de los más pobres. Pero es el punto de partida
de cualquier resistencia, por insignificante que parezca.
Una alentadora colección de poesía.
Es la que presentaron a fines del año pasado y en la reciente
Feria del Libro, su promotor, Carlos Juárez Aldazábal,
y un grupo de jóvenes autores dispuestos a secundarlo: Juan
Carlos Bustriazo Ortiz (Elegías de la piedra que canta),
Tomás Watkins (26), Sergio de Matteo (Diario
de navegación), Dante Sepúlveda (Poema en
veinte vinos), Emiliano Bustos (Cheetah), Rodrigo
Galarza (Parque de destrucciones). Lo alentador de este
repertorio es que no responde a una sola y unificada poética,
que se permite –a diferencia de lo que impera en nuestro medio
y en el género- reunir voces de diferente orientación
e incluso la de provincianos con porteños.
Dado el espacio, me voy a limitar a tres de los libros que integraron
ese lanzamiento: El caserío del salteño Juárez
Aldazábal y dos títulos que revelan otra faceta de
la amplitud elegida para la colección. Por una parte, la
reedición de Penúltimo poema del fútbol
(1924) del santiagueño Bernardo Canal Feijoo; por otra, la
reunión de poemas fechados entre 1953 y la actualidad del
conocido semiólogo Oscar Steimberg, un poeta de larga trayectoria.
Además, la serie se denomina El suri porfiado,
es decir con un sustantivo que alude al animal (ñandú en quechua)
que, junto con la serpiente y el cóndor, más reaparece
en nuestro arte autóctono; y con un adjetivo que parece apuntar
a la persistencia de la poesía en tiempos más que
despoetizados.
En El caserío, el joven (no llega a los 40) poeta
salteño, quien viene publicando desde 1999, reúne
la sección de ese título con Epopeya trunca
y Otros poemas. En la primera, domina un ritmo sostenido
–aunque no exclusivo- de heptasílabos ( a veces duplicados
en alejandrinos) y endecasílabos para narrar lo que comienza
como epopeya (“Llegamos del Perú” el que habla,
su hermano y familiares), la construcción de un caserío
(1 y 2) que un terremoto destruye: “Solo quedó una
cuna” (3). Los restantes (4-7) hablan de la tenacidad del
niño (sinécdoque de “cuna”), de la imposibilidad
de recuperar lo que fue, hasta el punto de poner en duda el pasado
(“¿Llegaron del Perú”?), y también
el futuro, porque el niño ya es “un muerto” atareado
con “una pared que se levanta cada día/ y cada día
empieza a derruirse”.
Creo que Epopeya trunca reescribe una historia similar
pero despojada de hilos conductores y fragmentaria, sin abandonar
la preponderancia del mismo tipo de versos. Y que lo hace desde
esta certeza: “nadie recordará que la historia es un
brillo,/ una mirada puesta en un reflejo”. Otros poemas
despliegan tópicos diversos y por eso tal vez aquellos metros
dominantes tienden a dispersarse. Apela a referentes cotidianos
(Mate, Mito, Baldosa) o emplea el título de cada
texto como un verdadero disparador del sentido (Lecturas, Paracaídas,
Minimalismo) y, en ocasiones, se apoya en cantantes, músicos,
directores de cine o lugares conocidos, para metaforizarlos a gusto:
Variaciones sobre un tema de Piazzolla, Goyeneche, Una película
de Repstein, Mariposa en el súper.
En un Pretexto de tono macedoniano, Steimberg habla de
su inicación poética y de las primeras respuestas
que recibiera por versos enviados a las redacciones de los diarios
o a poetas que admiraba, como Ricardo Luis Molinari. Lo cual no
le impide intercalar opiniones que valen por toda una poética:
“Agradezcamos la posibilidad de seguir apostando a la imprevisibiliad
del poema ventríluoco, que buscamos para que nos dé
la voz”.
La reescritura de frases y lugares comunes, de sonetos famosos,
como el que titula humorísticamente “Lee a Gracilaso
y halla que no todo lo muda la edad ligera”, convive con la
irónica parodia a que puede someter el mito, en Versos
de madre, donde se atreve a escribir: “Mi madre creía
en los Enemigos./ Era una creencia paranoica./ La noche en que la
velaron,/ sólo se habló mal de ella…”.
Todo lo cual desemboca en una sutil reflexión poética
sobre el poder, en el extenso poema titulado Majestad.
Canal Feijóo, muerto en 1982, es recordado y leído
sobre todo como ensayista, pero también incursionó
por la escena y publicó varios poemarios. El que reeditan
aquí, mesturado con prosa poética y prologado por
Juárez Aldazábal, es una prueba más de cómo
las vanguardias desmitificaron prejuicios acerca del cuerpo en la
década del 20. Es que en la dinámica del deporte veían
un signo de modernidad, ejercitado con ironía y humorismo:
“Está ya dicho que en el principio fue la acción,
no el verbo –y hay que agregar: que la acción inicial
fue indudablemente la patada, según se induce del modo como
andan las cosas”.
Jugadas, participantes, reacciones de la multitud, conforman una
suerte de resacralización o de ritual en el que las masas
urbanas encuentran sentido a su cotidianeidad. Y esta perspectiva
avala argumentos utilizados en el comentario anterior porque ya
en esa época el deporte –es decir, la inteligencia
corporal- exacerbaba el dualismo de los espiritualistas.
Un año antes, en septiembre de 1923, la expectativa popular
en torno a la pelea entre el “toro salvaje de las pampas”
y el estadounidense Jack Dempsey disimulaba apenas una confrontación
alegórica con el país que era ya más que un
peligro para el resto del continente, como en esa misma década
lo advertiría Manuel Ugarte durante su gira antiyanqui. Pero
el artículo “La industria del puño” en
La Vanguardia, periódico oficial del partido socialista,
sólo veía ahí “la explotación
de las pasiones primarias, el interés o el simple instinto”
sin cerebro.
Eso explica asimismo por qué el término vanguardias
vale más allá de las meras innovaciones formales.
Los escritores vanguardistas no querían aislarse de la velocidad
de su época, como lo hacían todos aquellos que se
aferraban al pasado, y encontraban maneras de registrar verbalmente
los cambios que estaban viviendo. Es claro que el futurista Marinetti
sólo exaltaba los nuevos poderes de la máquina y Canal
Feijoo, en este reconfortante librito, fue capaz de avisorar en
el fútbol, los jugadores y su público, los signos
de una fe naciente y profana.